martes, 20 de marzo de 2007

RELATO - LA TRASTIENDA

LA TRASTIENDA

Fernando odiaba a Roberto. No siempre había sido así incluso, durante algún tiempo, fueron amigos y compartieron alguna que otra correría nocturna.
Roberto era el dueño de un establecimiento llamado La Favorita, dedicado a la venta de lencería y ropa de cama, el cual atendía junto a Rosario, su mujer, y dos empleadas, Marga y Susana. Cuando el negocio empezó a prosperar, su propietario, que nunca fue muy amigo de ataduras, contrató a Fernando para que atendiese la oficina y llevase la contabilidad de la empresa. De esa forma él tendría más tiempo para dedicarlo a aquellas cuestiones que exigían su atención fuera de la tienda, como las gestiones bancarias y las visitas a proveedores y clientes. Esa era la excusa, porque lo que de verdad mantenía ocupado a Roberto era su afición al juego y las mujeres. Jugador y mujeriego empedernido, gran parte de los beneficios del negocio los dilapidaba en satisfacer esos vicios.
El comerciante, además de poner al día a su nuevo empleado en lo que eran sus obligaciones laborales, lo inició en sus libidinosas costumbres, llevándole a casas de citas y otros antros que él frecuentaba.
Fernando recordaba, como un mal sueño, la primera vez que tuvo relaciones con una de aquellas mujeres. Los dos amigos habían bebido bastante y el contable, como siempre, aceptaba la voluntad de su jefe y le seguía la corriente. Roberto decidió que había llegado el momento de que su pupilo perdiese la virginidad y le escogió la pareja que consideró más adecuada. Se trataba de una mujer voluptuosa, veterana en el oficio, con la que el comerciante decía haber pasado ratos maravillosos. No sería así en el caso del debutante; éste, quizás por los efectos de la bebida o amilanado por su inexperiencia y la sordidez del lugar, apenas pudo conseguir mantener erguido el pabellón unos minutos. Toda la experiencia de aquella profesional fue insuficiente para que su cliente recuperase el estado de gracia. La manera entre compasiva y burlona con que la mujer le despidió y las chanzas de Roberto, hicieron que el escaso afecto que Fernando sentía por aquel depravado se convirtiese en odio. Aunque la razón más poderosa para ese odio era Rosario.
Su patrona era una mujer de una belleza espléndida. Rubia, de largos cabellos recogidos habitualmente en una cola. Cuando caminaba, esa cola, contagiada del balanceo de sus caderas, poderosas y bien torneadas, se movía con un garbo y una gracia inigualable. A Fernando (salvando las diferencias) le recordaba una de esas yeguas jerezanas, que había visto en la Real Escuela Ecuestre y que lo habían maravillado por su plasticidad y belleza. Él, soñaba con ser el caballero que montase aquella jaca a la que colmaría de mimos y cuidados. No comprendía porque Roberto, teniendo una esposa como Rosario, vivía entregado a la lujuria, buscando placer en profesionales del sexo, a las que tenía que pagar y compartir con otros hombres tan degenerados como él. “Si yo tuviese una mujer como ella -se decía el administrativo- jamás miraría a otra”.
Desde que era un mozalbete imberbe sentía admiración por la que primero fue su vecina y luego su jefa. Cuando lo contrataron para atender la oficina y tuvo la oportunidad de estar cerca de ella, su fascinación fue en aumento. Pero sería después, cuando por casualidad pudo contemplar su cuerpo semidesnudo, que la atracción que sentía por Rosario, se convertiría en auténtica pasión. Una tarde, Fernando, se quedó más tiempo del habitual en la oficina. Quería revisar unas facturas que no estaban claras. Al salir y pasar por delante del vestuario de las mujeres, observó que la puerta estaba abierta. En el interior, Rosario, acababa de quitarse la bata que usaba en la tienda y lucía un bonito conjunto de braguitas y sostén, tan minúsculos que, más que ocultar nada, resaltaban toda su feminidad. Sus hermosos pechos parecían querer escapar de aquella prenda que los oprimía y Fernando quedó paralizado ante aquella visión. No fue capaz de articular palabra alguna. Pensó que oía música cuando escuchó la voz de Rosario, quien, dedicándole una sonrisa, no le permitió seguir gozando de aquel maravilloso espectáculo. Con un -“Hasta mañana, Fernando”- le cerró la puerta.
A partir de aquella fecha su pasión fue en aumento. Durante el día la voz de Rosario lo envolvía y era como una caricia; en la penumbra de su habitación, por las noches, era su sonrisa y aquella imagen del vestuario la que lo acompañaba.
Fernando temía que su obsesión por Rosario se notase tanto que el marido de ésta, Roberto, se diese cuenta. No es que temiese por su integridad física, pues era más joven y fuerte que su patrón. De hecho, en más de una ocasión había tenido que hacer grandes esfuerzos para contenerse y no abofetearlo. Roberto, como si de una de aquellas rameras a las que solía frecuentar se tratase, acostumbraba a manosear a su esposa delante del muchacho. La ira lo consumía cuando veía a aquel libertino levantar la bata de la mujer y acariciar sus nalgas, o bien meter la mano por el escote y tocar sus pechos. Rosario, a quien no le gustaban nada aquellas caricias públicas, se enfadaba, pero su marido reía y, mirando a su empleado, le guiñaba el ojo. Éste disimulaba su rabia porque de ninguna manera deseaba abandonar aquel trabajo y con ello dejar de estar cerca de la que consideraba su musa.
Fernando había intentado curarse de aquella devoción, casi enfermiza, que sentía por Rosario, relacionándose con otras mujeres. Una de ellas fue Susana, su compañera de trabajo, con la que mantuvo una pequeña aventura. La impulsora de este corto romance había sido Marga, la otra dependienta, quien en funciones de alcahueta hizo todo lo que pudo para unir a los dos jóvenes. Marga era una mujer casada, ya madura, que no tenía hijos. Ésta falta de descendencia no era debida a ningún problema que se lo impidiese, sino a su afán por disfrutar la vida sin ataduras. A ella y a su marido les encantaba viajar y aprovechaban, para ello, todo el tiempo que sus respectivos trabajos les dejaba libre. También les gustaba, con cualquier excusa, organizar fiestas en su casa. En una de ellas fue donde Susana y Fernando, ayudados por los buenos oficios de Marga, empezaron a intimar. Su anfitriona, con el pretexto de enseñarles unas raras plantas, que había traído de uno de sus viajes, se llevó a la pareja hasta un pequeño patio. Éste quedaba apartado de la terraza donde estaban el resto de invitados. A los pocos minutos se excusó para volver con los demás, dejándolos solos.
En el patio, además de las “curiosas” plantas, había un mullido sofá, tipo balancín, en el que se sentaron. Fernando no perdió el tiempo y empezó a besar a Susana. Ella, que hacía mucho que deseaba aquellos besos, correspondió a los mismos con ardor. Su respiración se convirtió en jadeo cuando, él, metiendo la mano bajo su falda empezó a acariciar sus muslos y llegó hasta su sexo. La muchacha que, hasta entonces, no había tenido contacto con ningún hombre, disfrutaba de ese momento deseando que no terminase. Estaba enamorada de Fernando desde que se conocieron, pero él, a pesar de que Susana era una mujer preciosa, parecía ignorarla. Gracias a la ayuda de Marga, quien desde la ventana de la cocina procuraba no perderse detalle, la joven empezaba a ver cumplidos sus sueños.
Las citas entre los dos se sucedían pero las cosas no eran como Susana las había imaginado. Fernando hablaba poco y nunca lo hacía del futuro ni de sus sentimientos. Si bien se prodigaban todo tipo de caricias, tampoco en ese terreno se sentía satisfecha. Susana ardía en deseos de hacer el amor con su pareja. Él, lejos del celo que mostraba su enamorada, actuaba de una forma mucho más fría y parecía no tener prisa por llegar a eso. Marga, a quien su amiga contaba todos los detalles de su idilio, decidió poner su granito de arena para derribar las barreras que se oponían a que la felicidad de Susana fuese completa.
Aquel fin de semana tendría un día más de lo habitual. Se trataba de uno de esos puentes que tanto gustaban a Marga. Lo aprovecharía para irse con Pedro, su marido, a algún hotel de la costa. Consideró, también, que era una oportunidad para dar un empujoncito a la relación de sus dos compañeros de trabajo. Habló con ellos y les dijo que necesitaba alguien que atendiese sus queridas plantas y cuidase la casa mientras ella y su marido se bronceaban en la playa.
Marga, se cuidó de que en la casa no faltase ningún detalle que obligase a los tortolitos a abandonar el nido. La nevera y la bodega estaban bien surtidas y estaba segura de que, sobre todo Susana, pondría de su parte lo necesario para que todos los apetitos quedasen saciados. Así que se despidió de sus amigos con un- “Hasta el lunes”- y los dejó solos.
Aquellos días que la joven enamorada había esperado con ilusión serían, sin embargo, de los más amargos de su vida. La venda que el amor había puesto en sus ojos caería, mostrándole a un Fernando que no conocía.
Susana estaba radiante. No necesitaba demasiados complementos para que cualquier hombre perdiese la cabeza por ella pero, aún así, se puso su mejor perfume y buscó, en su vestuario, la ropa que mejor destacase su bien moldeado cuerpo.
Estaban en aquel patio donde Fernando la había besado por primera vez. Él, sentado en el balancín, miraba como su pareja regaba las plantas. Realmente estaba maravillosa y por unos momentos olvidó que Susana no era la mujer que le tenía secuestrado el corazón. Le pidió que se acercase y ella se sentó sobre sus piernas. En está ocasión no dejó que él tomase la iniciativa, fue ella la que buscó sus labios y después de unos apasionados besos se despojó del suéter ofreciéndole sus pechos para que, Fernando, los acariciase y mordisquease sus pezones. Éste, como hipnotizado por la hermosura de su compañera, dejo aparcadas sus reticencias y la llevó hasta la alcoba donde, esta vez sí, consumaron la relación. Fernando tuvo en cuenta que para ella era la primera vez y la trató con delicadeza. Mientras la besaba en la boca y el cuello, sus manos acariciaban sus senos y sus nalgas. La excitación de su pareja iba en aumento y él empezó a estimular su parte más íntima. Le hizo el amor con mimo y ella gimió, primero ligeramente dolorida y después con un inmenso placer. Susana estaba feliz y convencida de que, aunque no se lo hubiese dicho nunca, Fernando la quería. Él, la sacó de su error confesándole que estaba enamorado de otra y diciéndole que, si ella así lo deseaba, lo único que podía ofrecerle era aquella relación de amantes.
En la Favorita se habían producido algunos cambios. Susana se casó con uno de los viajantes que regularmente pasaban por la tienda y había abandonado el trabajo. Los números empezaban a ser difíciles de cuadrar, pues Roberto dedicaba a sus turbios caprichos más dinero de lo que los ingresos del comercio permitían. Rosario, tratando de dar un nuevo aire al negocio que lo revitalizase, decidió hacer una liquidación de todo el género que se había quedado anticuado y modificar su oferta. Escogió el fin de semana para hacer un inventario del material situado en la trastienda, para lo cual pidió ayuda a Fernando. Su marido estaba de viaje de “negocios” (así llamaba Roberto a sus escapadas) y no podía contar con él.
Fernando estaba tomando anotaciones cuando oyó la voz de Rosario que lo llamaba. La mujer estaba subida en una pequeña escalera y le pidió que le diese una caja. Al acercarse vio que el último botón de su bata estaba desabrochado lo que permitía contemplar una inmejorable panorámica de sus magníficas piernas. Se sintió presa del vértigo como si fuese el quien estuviese en las alturas. En un impulso irrefrenable acarició aquellas piernas. Temía que ella lo rechazase y lo despidiese pero no pasó nada de eso. Como aquel día en el vestuario, le dedicó su mejor sonrisa. En este caso no había puerta que cerrar y mientras él la seguía acariciando, ella se quitó la bata. Curiosamente llevaba puesta la misma ropa interior con la que la había sorprendido Fernando en la otra ocasión.
En la trastienda había una pequeña habitación con una cama. Rosario llevó hasta ella al que en unos momentos sería su amante y entre beso y beso lo ayudó a desnudarse. El muchacho estaba excitadísimo y su amada supo que no iba aguantar mucho, por lo que sin más preámbulos dejó que él le hiciera el amor. Éste lo hizo con fuerza, casi con brusquedad, pero ella no se lo tuvo en cuenta. Hacía mucho tiempo que sabía lo que él sentía por ella y cuanto deseo contenido había en aquel momento.
Se quedaron tendidos el uno junto al otro y Rosario se sorprendió al ver que de los ojos de Fernando salían unas lágrimas -¿De verdad él la quería tanto, pensó? Ella misma se contestó la pregunta; aquellas lágrimas sólo podían ser de felicidad. Llena de ternura besó sus ojos y mejillas hasta dejarlos secos.
Se ducharon juntos y, mientras se enjabonaban mutuamente, iban explorando sus cuerpos. Fernando no había podido olvidar el de ella desde que lo contempló, con aquellas sugerentes prendas. Rosario descubría por primera la desnudez de él y estaba totalmente seducida por aquel cuerpo fuerte, pero no excesivamente musculoso. Ella sentía cierto rechazo por los culturistas en quienes encontraba más deformidad que atractivo.
Volvieron a la cama y esta vez hicieron el amor sin prisas y disfrutando de cada momento. Se entregaban el uno al otro sin dejar ninguna parte se sus cuerpos libres de caricias. Los pechos de Rosario, no exageradamente grandes, se ofrecían como fuentes, dispuestos a calmar con su elixir la sed del deseo. El bello de su pubis, de rizos ensortijados, brillaba como un tesoro que Fernando acarició. Después, como si buscase saborear el néctar de la pasión libó la flor de su vulva. Rosario, encendida de gozo, se situó encima de su amante controlando el ritmo de la acción. Sus senos, que se balanceaban al ritmo de sus movimientos, semejaban hermosas campanas que tañían anunciando un momento mágico. Cuando los dos amantes notaron que sus cuerpos estallaban de placer se unieron en un largo abrazo, tan juntos, tan pegados, que parecían estar en la misma piel.
La trastienda de aquel negocio pasó a ser la parte más importante del mismo. Los encuentros de la pareja, que había instalado allí su nido de amor, se sucedían cada vez con más frecuencia. En la vida de Fernando, cada día más cautivado, sólo había una sombra: que Rosario no se atreviese a dejar a su marido y decirles a todos que estaba loca por él.
Los dos enamorados estaban en su refugio entregados a una de aquellas refriegas amorosas. Buscaban las frases más cariñosas, intentaban descubrir las caricias más placenteras y alimentaban su amor bebiendo, uno en los labios del otro. Preocupados solamente de escuchar el latir de sus corazones, y arrullados en las más tiernas confidencias, no oyeron los pasos en el almacén. De pronto, alguien abrió la puerta de la habitación. Roberto contempló a la pareja, primero sorprendido y después preso de la ira. Él, que hacía del adulterio una práctica cotidiana, jamás pensó que Rosario pudiese pagarle con la misma moneda. Ciego por el rencor sacó un pequeño revolver, que siempre llevaba consigo, y disparó.
En el lugar que durante años ocupara La Favorita era ahora un moderno edificio en el que la planta baja estaba ocupada por una sala de cine. En la fachada, los rótulos luminosos, anunciaban dramas de ficción sin saber, seguramente, que aquel sito había sido el escenario de una triste historia de amor y sangre. Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen pero en este caso, en el hombre parado en la acera, se daba la circunstancia de ser asesino y victima a la vez.
Fernando había abandonado la prisión en la que pasó los últimos cinco años, pena que le fue impuesta por la muerte de su rival. Por su aspecto, se diría que era mucho más el tiempo que había estado preso. Caminaba con cierta dificultad debido a que una de las balas, disparadas por Roberto, le había destrozado el fémur dejándole una cojera crónica. Rosario tuvo menos suerte y murió a consecuencia de las heridas recibidas. Poco pudo disfrutar su marido de la venganza pues, el malherido amante, consiguió arrebatarle el arma dándole muerte.
Permaneció horas delante de aquel cine pensando, quizás, que éste podí desaparecer y retornarle la imagen del antiguo comercio y traer con él a Rosario, pero nada de eso sucedió. Justo cuando Fernando empezaba a caminar, desde uno de aquellos rótulos luminosos, una esplendida mujer rubia de larga melena unió sus labios lanzándole un calido beso, mientras que, en sus hermosos ojos, aparecían dos gruesas lágrimas que resbalando por sus mejillas se confundieron con la tenue lluvia que empezaba a caer.
Matías Ortega Carmona

lunes, 19 de marzo de 2007

RELATO PIEL DE CARBONILLA

PIEL DE CARBONILLA
A pesar de que mi infancia queda ya muy lejos, no puedo, aún ahora, subirme a un tren sin evitar que los recuerdos de mi niñez acudan a mi memoria. Da igual cual sea mi destino o el motivo del viaje, invariablemente, las imágenes de aquellos días se hacen presente y me llenan de añoranza. He tratado de entender, sin conseguirlo, porqué los hombres nos aferramos al pasado sin que éste, necesariamente, tenga muchas cosas agradables que recordar. Puede que la explicación esté en que, con la edad, veamos que nuestro tiempo se acaba y queramos aferrarnos a aquellas ilusiones no siempre cumplidas de nuestra juventud.
Fue la mía una niñez marcada por la escasez, como correspondía a un hijo de emigrantes, y en la que el tren tenía una importancia vital. Siempre he creído que este era algo más que vagones arrastrados por una locomotora; yo lo consideraba algo con vida propia. Aquellos trenes de la posguerra parecían contagiarse del ánimo de sus ocupantes; cuando llegaba el llano corrían como si las ilusiones de muchos de los que en ellos viajaban los empujasen. Al llegar la subida se frenaban, como si la pena y los sufrimientos de otros de sus viajeros fuesen una pesada carga imposible de transportar. Muchas veces se quedaban por el camino, porque la caldera de la locomotora reventaba, agotada por tanto esfuerzo. También en eso había alguna similitud entre los trenes y las gentes que los usaban. Algunas personas dejaban sus lugares de origen para iniciar un viaje, de rumbo incierto, y después de mucho sufrir y deambular acababan siendo víctimas de un camino que les había llevado a ninguna parte.
La sonrisa de una azafata me saca de mis pensamientos. Con voz cálida, la joven, me saluda indicándome el lugar en que está ubicado el coche de preferente del Euromed que me llevará hasta Alicante. Lamentablemente, la modernización del ferrocarril, ha acarreado también el cierre de muchos kilómetros de vía, lo que hace imposible que se pueda llegar hasta mi destino en tren.
Que manera tan distinta de empezar un viaje si la comparamos con las penurias de los que hice en mi niñez. Recuerdo la, hoy tranquila, Estación de Francia con los andenes abarrotados de gente dispuesta más para asaltar el tren que para subirse a él. La mayoría de las mujeres (siempre las había osadas) y los niños quedábamos en un prudente segundo plano, mientras los hombres, sin dejar que el convoy se acabase de estacionar empezaban una feroz lucha por ganar un espacio dentro del mismo. Más tarde, cuando cada uno había conseguido ganar su territorio, las mujeres se encargaban de dar el equipaje y subir los niños por la ventanilla. Luego a éstas les quedaba el trabajo de sortear a la gente y los bultos, que se apiñaban en los pasillos, para poder llegar al sitio que les habían reservado sus maridos.
Los altavoces de la estación de Barcelona Sants anuncian la puntual salida del Euromed con destino Alicante. Cuando éste arranca, por la megafonía interior, una voz femenina saluda a los pasajeros deseando que tengamos un buen viaje y nos da las gracias por viajar en Grandes Líneas. Poco después las azafatas pasan ofreciendo una copa de bienvenida. Pido cava y mientras lo bebo vuelvo a sumergirme en el mar de los recuerdos o, lo que es lo mismo, a subirme al tren de mi infancia.
Veo a mis padres, a mis tíos, a mi hermano y a mis dos primos, ya hombres, sentados en aquellos horribles bancos hechos con listones de madera. Mi madre ha puesto, en el lugar que ocupamos mi hermano y yo, unas toallas que tendrán a lo largo del camino diversos usos, desde el propio del aseo hasta servir de arrope para el frío que, sobre todo de noche, penetra por las poco ajustadas ventanas y otras rendijas de aquellos cajones sobre ruedas. Las luchas por ocupar un lugar dentro del tren ya se han olvidado y el ambiente en el interior de nuestro coche se ha relajado. Nuestros compañeros de viaje más cercanos son una familia andaluza compuesta por Manuel, el padre, Luisa, la madre y Rocío, una niña de la misma edad que mi hermano Juan. Enseguida se establece una animada conversación y mientras los mayores hablan de la alegría, aunque sean sólo dos semanas, de volver a reunirse con los familiares que dejaron en su tierra, los más pequeños, que no entendemos de esas añoranzas y hacemos el viaje un poco forzados, nos quejamos mutuamente de que nos separen de nuestros amigos y de nuestro entorno habitual.
Rocío me parece una chica preciosa y yo la miro embobado. A ella, que empieza a dejar atrás la niñez y tiene ya la coquetería propia de quien empieza a ser mujer, evidentemente no le pasa lo mismo y me ignora totalmente. Habla sin parar con Juan y los dos parecen disfrutar de esa conversación sin darse cuenta de que yo existo. La rabia y los celos parece que me han dado hambre y pido a mi madre que saque algo para comer. Ahora son los demás los que tienen envidia de mí y rápidamente empiezan a abrir sus cestas de mimbre de las cuales salen las más variadas viandas: tortillas, carnes guisadas, embutidos y las botas de vino, que corren de mano en mano. Los que antes de subir, al tren, se peleaban por conseguir un hueco en el mismo, comparten ahora comida y bebida como si fuesen conocidos de siempre. Pronto todo el coche se impregna de un aroma especial, mezcla del olor de los alimentos, del humo del tabaco y también de la transpiración de tanta gente. Pero, sobre todo, predominando, el olor a carbonilla que a lo largo de los años había ido depositando el humo de las locomotoras en todos los rincones de aquellos coches de madera.
La misma azafata que me ha servido la comida pasa ofreciendo toallitas refrescantes. Me ofrece también un café que acepto encantado. Observo el humo que sale de la taza y no puedo evitar esbozar una sonrisa y pensar que este es el único humo que se puede ver ahora en los trenes. Una joven muchacha que va sentada frente a mí me devuelve la sonrisa. Mera cortesía por supuesto, pienso yo. Demasiado joven y demasiado bella para pretender otra cosa de un hombre entrado en años como yo.
En los monitores se puede seguir una película cómica que arranca alguna que otra risa de mis compañeros de viaje, incluida la joven que momentos antes me ha sonreído. La vuelvo a mirar y otra vez me traslado en el tiempo.
Habían pasado algunos años y, aunque hacía el mismo viaje, las condiciones eran totalmente otras. Ya se habían retirado del servicio los viejos coches de madera y la calefacción funcionaba lo suficientemente bien para que no fuese necesario arroparse con toallas. En esta ocasión viajaba sólo (quiero decir sin mi familia) y lo hacía en un algo más confortable departamento de primera clase del Tren Expreso.
Transcurría el mes de marzo y en esas fechas no debía de haber demasiada demanda de billetes lo que hacía que el único ocupante del departamento fuese yo. Llegamos a Tarragona, estación en la que a los trenes de mi niñez le cambiaban la locomotora de vapor por otra de refresco. Conservo nítida la imagen de las locomotoras, humeantes, al lado del mar, donde estaban anclados los buques mercantes. Todo ello me parecía un paisaje agradable y singular.
Mientras revivía aquellas imágenes la puerta del departamento se abrió y una esbelta mujer penetró en el interior ¡Rocío! En realidad se llamaba Lucía, pero debo decir que, para mí, todas las mujeres guapas del tren me la han recordado siempre a ella, aquella niña de 12 años que no me hizo ningún caso y que encontraba tan encantador a mi hermano Juan.
Lucía era una joven letrada, también hija de emigrantes, que trabajaba en un bufete de abogados de Tarragona. Nuestras vidas guardaban cierto paralelismo, como las vías de los trenes que, los dos, con frecuencia utilizábamos. Tuvimos suerte y el resto del viaje transcurrió sin que nadie nos importunara. No habíamos tenido que pelear por un espacio en el tren pero no hizo falta mucho tiempo para que charlásemos como viejos amigos. El aire se había impregnado con el suave perfume de mi compañera de viaje y no había nadie, con nosotros, que pudiese perturbarnos y romper la magia que se había creado entre los dos. La voz de Lucía sonaba a música en mis oídos y toda ella me tenía embelesado. El tren volvía a formar parte de mis emociones y ¿si no era Rocío, me pregunto yo, porqué en aquellos primeros besos, al rozar su piel con mis labios, noté aquel sabor a carbonilla?
De nuevo la megafonía me saca de mis sueños anunciando el final del viaje –“Señores viajeros estamos llegando a nuestro destino... Grandes Líneas les da las gracias... “
El tren se detiene en la estación de Alicante, de nuevo las azafatas nos despiden con su mejor sonrisa. Alguien me llama por mi nombre; es una guapa mujer a la que no le importa que yo sea un poco viejo y que, cuando llego junto a ella, me besa con dulzura. Acompañando a Lucía está Jorge, mi nieto, al que como a su abuelo le encantan los trenes y sueña con recorrer el mundo en uno de ellos. Quizás en uno de esos viajes encuentre, también él, a la mujer de su vida que, evidentemente, no le recordará a ninguna Rocío y tampoco notará en su piel el aroma a carbonilla.
Matías Ortega Carmona

CUENTO - DIEGO Y EL PINO MÁGICO





DIEGO Y EL PINO MÁGICO



Ése era su lugar preferido, pasaba horas sentado bajo la sombra que le brindaba aquel pino. El árbol tenía más o menos la misma edad que Diego por lo que habían ido creciendo juntos. En una tierra en la que abundaba esa especie no había otro pino como aquel, su aspecto y la forma de su corteza indicaba que no era fruto de la semilla de los pinos autóctonos. 
Su nacimiento, en una maceta, y sus primeros años de vida tampoco fueron los de un pino normal pero... es que él no era un pino normal, era El Pino Mágico.

Nadie conocía con certeza el origen del árbol. Si hacemos caso de la versión de Consuelo, la tía abuela de su madre, fue una de las muchas aves que surcan los cielos de Galicia quien trajo en su pico la semilla de la cual nació. La anciana mujer vio un día como, en una de las macetas de su pequeño jardín, había una nueva planta que en principio no supo identificar ¡Menos mal que no cedió a la tentación de arrancarla! Poco después la planta fue tomando forma y se empezó a adivinar su especie, lo cual tenía aún más misterio.
Ninguna persona de aquella aldea había visto nunca que un pino naciese en una maceta y mucho menos que viviese en ella. Todos creían que aquel árbol moriría si no se le sacaba de allí y se le plantaba en el monte con otros de su especie.
Todos lo creían menos Diego que, a menudo, acudía a regarlo para que no muriese de sed y pudiese seguir creciendo.

Como otros días, Diego había ido a regar el pino; hacía tiempo que no llovía y el verano, en aquellas tierras, era más caluroso de lo habitual. A medida que el muchacho echaba el agua el pino la tragaba con avidez. Humedeció también las ramas hasta que creyó verlas con un verdor más intenso.
Una vez acabado el trabajo guardó la manguera y cuando regresó junto al árbol observó, sorprendido, que de sus ramas colgaban unas bolitas de caramelo. Su sorpresa aún fue mayor cuando oyó una voz que le decía –“Gracias por tus cuidados, yo aún soy pequeño, como tú, y hasta que no sea adulto no colgarán de mis ramas piñas con sabrosos piñones para que puedas comerlos. Hasta entonces, si sigues cuidándome, intentaré premiarte con algunos regalos”. Diego se frotó los ojos y se pellizcó la mejilla para percatarse de que aquello no era un sueño ¡el pino no sólo daba regalos, además hablaba!
Sorprendido y un poco asustado, el niño llamó a su tío Matías, quien dijo a Diego que no se preocupara y siguiera cuidando al pino, no sólo para que este le diese regalos, sino para tener un amigo con el que ir creciendo juntos. Si lo hacía así podría comprobar que los mayores regalos de aquel pino estaban por llegar. Tampoco debía importarle que nadie más oyese hablar al pino mágico, ese sería un secreto entre los dos.

Fueron pasando los años y se hizo necesario mudar al pino, primero a otra maceta más grande y después plantarlo en la tierra, en el lugar que creyeron sería mejor para él. El Pino fue creciendo y Diego con él.
Llegó un momento en que el árbol no necesitó que el muchacho siguiese regándolo, pues era ya capaz de tomar de la tierra los nutrientes necesarios para su supervivencia. Aún así, Diego le echaba de cuando en cuando un poco de agua y El Pino se lo seguía agradeciendo. Se había convertido en un hermoso árbol capaz de seguir ofreciendo regalos que aquel niño que empezó a cuidarlo nunca había imaginado.
Cada año las ramas del pino se cargaban de piñas repletas de riquísimos piñones que se utilizaban en la cocina para acompañar carnes y hacer sabrosas tartas. Una vez secas, las piñas servían para alimentar el fuego del hogar. Su calor al arder era tan agradable como la sombra que las ramas del pino proporcionaban a Diego en verano, protegiéndolo del sol. 






 Sentado bajo aquel pino, Diego contemplaba la belleza de la ría y soñaba, observando los veleros que surcaban sus azules aguas, con viajar y conocer otros paisajes tan hermosos como aquel.

Diego recordaba las palabras de su tío y empezaba a comprender porqué éste le dijo que los mayores regalos del pino estaban por llegar.
No sólo eran las piñas, los piñones, el calor del hogar en el invierno o la sombra en el verano. Las ramas del pino servían también para que en ellas anidasen los pájaros y alguna que otra ardilla saciase su apetito.
Aprendió que los animales que acudían hasta el árbol para saciar en él su apetito, trasladaban sus semillas, contribuyendo así al nacimiento de otros pinos. De esa forma los bosques se regeneran, evitando que la tierra se convierta en un desierto. Los árboles atraen a la lluvia y de todos es sabido que el agua es la fuente de la vida.
Una voz sacó a Diego de sus pensamientos –“Veo, amigo mío, que por fin has comprendido lo importante que era que me cuidases. Ahora ya sabes que estando vivo puedo aportar muchas cosas a los hombres y a la naturaleza, pero también si un día muero seguiré siendo útil. Quizás no te hayas dado cuenta pero los árboles estamos con los hombres desde que nacéis hasta que vuestra vida se apaga. La mayoría de vosotros pasáis vuestros primeros meses en una cuna de madera, de madera son las sillas o bancos en los que reposáis, los muebles de vuestra casa, algunos de esos barcos en los que sueñas viajar para descubrir nuevos horizontes y también la madera os da el último cobijo. Gracias por tus cuidados y por seguir siendo mi amigo”.
Diego siguió cuidando al Pino Mágico y disfrutando de su compañía. 



Cuando nació su hijo le hizo un columpio que colgó de una de las poderosas ramas de su amigo quien, aunque nadie lo oyese, contaba al niño como su padre lo había cuidado y lo felices que habían sido creciendo juntos.


Matías Ortega Carmona

domingo, 18 de marzo de 2007

CUENTO - DIEGO MAQUINISTA









 DIEGO MAQUINISTA


Diego es un niño que vive cerca de la estación de ferrocarril. Su gran afición son los trenes y todo cuanto los rodea. Desde que nació, le han acompañado la imagen y el sonido de las grandes locomotoras. Durante un tiempo, aquellas enormes máquinas le habían dado miedo pero después, cuando subió por primera vez a una de ellas, quedó hechizado para siempre.
El niño era muy apreciado por los trabajadores de la estación, que lo trataban como uno de ellos, permitiéndole que participase en las distintas actividades. Uno de sus grandes amigos era Silvio, el Mozo encargado de manejar los carros de los equipajes y las mercancías. Su misión era llevar todas estas cosas desde el almacén a los trenes o al revés, según fuesen de salida o de llegada. Diego le ayudaba; subido al carro vigilaba que los paquetes que había colocado Silvio no se cayesen durante el trayecto.
También le encantaba acompañar al Jefe de Estación cuando éste iba a dar la salida a los trenes. Don Manuel le dejaba ponerse su gorra y que llevase el banderín. Como Diego era muy pequeño, la gorra le tapaba los ojos y debía de cogerse de la mano de su amigo para evitar tropezar y caerse. Sentía una gran emoción cuando, Don Manuel, levantando su banderín y haciendo sonar su silbato, daba la orden de salida al tren. El maquinista respondía haciendo pitar a la locomotora y ésta, soltando un bufido de satisfacción, soltaba vapor e iniciaba la marcha. Diego, soñaba que algún día él iría a los mandos de aquel tren recorriendo el país. No imaginaba mejor oficio que el de maquinista. Podría recorrer muchos sitios trasladando a la gente en busca de sus ilusiones. Los había que viajaban por placer, otros en busca de trabajo y muchos para reunirse con familiares lejanos. Diego y su locomotora harían posible que sus sueños se cumpliesen.

Mientras aquel día llegaba, nuestro amigo se conformaba con que Joan y Ezequiel (Maquinista y Fogonero respectivamente) le dejasen subir en Esmeralda, la mejor locomotora de aquel Depósito. Había una verdadera competición entre todos los maquinistas y fogoneros para que su máquina fuese la mejor. Les ponían nombre y las acicalaban como si tuviesen que ir de fiesta, operación que repetían después de cada viaje dejándolas limpias y relucientes. 

Diego ayudaba a sus amigos a mantener a Esmeralda como la reina entre sus compañeras. Éstos, como premio, dejaban que el niño los acompañase alguna vez hasta un apartadero cercano o cuando realizaban maniobras en la estación. Cuando hacía uno de aquellos pequeños viajes, Diego (que inevitablemente volvía con la cara negra de carbonilla) no se lavaba hasta que todos lo habían visto. Después caminaba orgulloso hasta su casa, como si viniese de vuelta de un duro día de trabajo. Por la noche la emoción no le dejaba conciliar el sueño y, cuando por fin se dormía, soñaba siempre con hermosos campos cubiertos de amapolas que él atravesaba con su tren.



El año había empezado con mucho frío cosa que en aquellas tierras eso no era ninguna novedad. El calendario marcaba el 5 de enero y las Fiestas Navideñas se acababan. Una gran nevada cubría la ciudad y todos los caminos que llevaban hasta ella. Joan no había salido de viaje aquel día y se entretenía poniendo a punto a Esmeralda. Lo acompañaban Ezequiel y Diego. Los dos hombres habían prometido al muchacho un buen tazón de chocolate y estaban deseando terminar. En esto vieron llegar a Marcelo, el Jefe de Depósito, que se acercaba hasta ellos con cara de preocupación. Joan lo conocía bien y enseguida se imaginó que algo grave pasaba. Dirigiéndose a él le dijo:
  • -¿Qué ocurre Marcelo, algo no marcha bien?
  • - Así es- contestó éste -. Me llegan noticias de que el mal estado de los caminos impide transitar por ellos y si la situación no mejora va a ocurrir una cosa muy grave. Entre los que se encuentran atrapados por la nevada están Sus Majestades Los Reyes Magos. Su comitiva no puede avanzar porque los camellos, que van muy cargados se hunden en la nieve.
  • - Efectivamente es una mala noticia - dijo Joan- ya faltan pocas horas para que los niños puedan recibir sus regalos y no hay tiempo para que la nieve desaparezca. Realmente haría falta un milagro.
En esto oyeron la voz de Diego que les decía:
  • - El milagro lo tenemos y se llama Esmeralda.
  • - Es cierto - asintieron los tres hombres (Ezequiel también se había sumado a la conversación)-, podemos intentar llegar hasta la Comitiva Real utilizando la vieja vía de Los Royales.
Se pusieron manos a la obra y colocaron a Esmeralda su faldón quitanieves pero, cuando lo habían hecho, se dieron cuenta de que tenían otro problema. Con la locomotora podrían despejar la vía pero, ¿cómo llegarían los camellos hasta el tren? La solución la aportó otra vez Diego, acordándose de una historia que le contaba su padre sobre los madereros. Aquel le explicaba como los leñadores, al no tener caminos para sacar los árboles de la montaña, aprovechaban los ríos para enviar los troncos aguas abajo. También le decía que a menudo sobre estos troncos se colocaba gente para guiarlos. Pues bien, si se podía utilizar un tronco para caminar sobre el agua, mejor se haría sobre la nieve. La idea fue acogida con entusiasmo y acoplaron a Esmeralda dos vagones, cargados de troncos, llegados a la estación el día anterior. ¿Qué suerte, no?

Habían avisado a Don Manuel y a otros compañeros ferroviarios, los cuales acudieron rápidamente para colaborar en lo que hiciese falta. Por la ciudad se había corrido la voz de que Los Reyes estaban atrapados con la nevada y quizás no podrían llegar y los niños lloraban desconsolados. Don Manuel, envió un emisario para que todos supiesen lo que se estaba intentando hacer desde la estación. Poco a poco, hasta ella iba llegando una multitud que la llenó por completo. Algunos, llevaban antorchas y otros, faroles de aceite para dar la bienvenida a los ilustres visitantes. También el alcalde, informado de aquella iniciativa, avisó a la Banda Municipal para que fuesen hasta allí para amenizar la espera y recibir a Los Reyes con música. Él mismo, acompañado de todos sus concejales, se dirigió al recinto ferroviario.


Esmeralda resoplaba avanzando entre la nieve. Llevaba acoplados los dos vagones de troncos y otros dos para poder acomodar toda la Caravana Real. Joan manejaba la locomotora con mimo y Marcelo y Ezequiel no paraban de echar carbón a su caldera. Con ellos, Diego, iba atento a todo, pero con el corazón encogido por si la aventura no tenía éxito. Al fin y al cabo él también era un niño y esperaba con ilusión el día de Reyes.

Por fin vieron una pequeña fogata a unos cien metros de la vía. En la misma, tratando de ahuyentar el frío, había mucha gente ataviada al estilo oriental. También estaban los camellos cargados con todo lo que habían pedido los niños a Los Reyes.
Los pajes se acercaron, llegando con bastante dificultad hasta el tren. Ayudados por los ferroviarios, empezaron a tirar sobre la nieve los troncos de los vagones, fabricando un camino de madera. Pasando sobre él, toda la comitiva, encabezada por Los Reyes, llegó hasta el tren. Diego no cabía en si de gozo, habían conseguido rescatar a Sus Majestades, y además los tenía tan cerca que podía tocarlos. Pero fueron ellos los que, acercándose al muchacho, lo besaron y le dieron las gracias por ser un chico tan listo e ingenioso.

La llegada a la estación fue apoteósica. Casi todos los habitantes de la ciudad estaban allí congregados. Joan detuvo el tren en el andén principal y, a los sones de la Banda, la Comitiva Real se apeó del mismo. Esmeralda hacía oír su silbato y de su chimenea salía un humo que lo inundaba todo. Los Reyes, después de saludar a todo el mundo, dijeron a los niños que marchasen para sus casas y fuesen pronto para cama. Ellos iban a reponerse del viaje y durante la noche, repartirían los regalos que los niños encontrarían, al despertar, por la mañana.
Poco a poco la estación fue quedando vacía. Joan y Ezequiel llevaron su locomotora hasta el Depósito, donde le quitarían la nieve que todavía llevaba encima. Hoy más que nunca Esmeralda merecía toda su atención. Diego quiso ayudarles, pero sus amigos le dijeron que se fuese para casa. Al fin y al cabo él también era un niño y tenía que hacer caso a Los Reyes.
Camino de su casa el niño pensaba que, si bien había pedido algún juguete que esperaba encontrar al día siguiente, el verdadero regalo lo había recibido ya con la emocionante aventura vivida aquel día.

Matías Ortega Carmona

Nota del autor:

Este cuento fue escrito para Diego, protagonista de alguna de mis historias. También es un homenaje a aquellos niños sorianos que, llenos de ilusión, acompañaron al autor de este cuento en la recepción de los Reyes Magos. 
La Estación de El Cañuelo en Soria fue  destino, en un par de ocasiones al final del siglo pasado, del viaje de sus Majestades de Oriente viviendo con ello algunos de sus momentos de mayor esplendor.

Las fotografías, a excepción de la de Diego, están sacadas de páginas de Internet.


LEYENDA DE LA TORRE DE HÉRCULES - GERIÓN

He añadido algunas fotos al texto para hacerlo más ameno. Las meigas y Gerión están sacadas de páginas de Internet y el resto son mías.


 GERIÓN

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchísimos años, existió un malvado gigante que tenía atemorizados a los habitantes de un bello país. No le bastaba con tomar, para él, la parte de las cosechas que necesitaba para su sustento, sino que además, acostumbraba a arrasar el resto. 
Sus correrías habían sumido en la más absoluta miseria a los esforzados campesinos que morían de hambre o a manos de aquella terrible criatura cuando, desquiciados, osaban oponerse a él. Aquellas pobres gentes, hartas de sufrir las fechorías del despiadado ogro, pidieron ayuda al Dios Hércules quien acudió a socorrerles.
Aunque era un Dios, no fue una empresa fácil para Hércules enfrentarse a Gerión (así se llamaba aquel gigante), quien poseía toda la fuerza que es capaz de acumular la maldad. Durante muchos días se enfrentaron sin que la lucha pareciese tener fin. La tierra temblaba ante el embate de los dos colosos. En varias ocasiones pareció que alguno de los contendientes había llegado al límite de sus fuerzas pero, empujados por misteriosas energías, se recuperaban y la lucha seguía con mayor ferocidad aún. Hércules, finalmente, se impuso a Gerión; una vez abatido el gigante le cortó la cabeza y lo sepultó bajo una gran torre. Esta construcción, desafiando al tiempo, ha perdurado hasta nuestros días como símbolo e identidad de una gran ciudad, A Coruña.




Esto es, dicho a mi manera, lo que cuenta la leyenda. Quizás por ser leyenda y porque me parece que los gigantes también tienen corazón, pienso que la historia muy bien podría haber ocurrido de este otro modo:

Hace mucho, mucho tiempo...

Las pocas casas que aun estaban en pie eran presa de las llamas. Los habitantes del pueblo, que no habían perecido en el ataque, corrían despavoridos buscando un lugar donde ocultarse de aquellos malhechores y sobre todo de su jefe, el gigante Gerión. Este, veía correr a la pobre gente que, desde su altura, le parecían conejos asustados en busca de una madriguera y sonreía divertido ante el terror que causaba. Mientras tanto, el resto de aquellos bandidos se dedicaban a los más sórdidos actos de pillaje.
En la vida de Gerión era tan sólo un día más y esos actos vandálicos formaban parte de su rutina cotidiana. Desde que nació había sido diferente. Su rápido desarrollo fue motivo para que la gente, primero, se riese de él y poco después empezase a temerle. La falta de cariño le convirtió en un ser rencoroso y su mísera infancia alimentó su desprecio hacía el resto del mundo. Creció de forma desmesurada hasta convertirse en un gigante a quien nadie podía hacer frente. Su existencia pasaba por ser la crónica de tristes y devastadores sucesos en los que, él, era el gran protagonista. Hacía ya muchos años que se dedicaba a sembrar el terror por doquier, arrasando todo lo que encontraba a su paso. Su fama y el temor que despertaba era tal que la gente se estremecía solo con oír su nombre.
Después de su última fechoría y de haber disfrutado del botín de la misma, Gerión ordenó a sus hombres que se preparasen para ponerse en camino. Buscarían un nuevo lugar en el que seguir engrandeciendo su leyenda. 


Así, llegaron a un país de bosques tan espesos que apenas dejaban pasar la luz. La vegetación era tan exuberante que apenas había caminos. Los montes llegaban al mar, formando abruptos acantilados y sus moradores vivían en dispersas aldeas. Gerión había oído hablar de una tierra como aquella en la que también, se decía, habitaban hadas y meigas. Al instante, quedó cautivado por aquel lugar. Sus ansias de lucha y de saqueo se evaporaron, como si nunca hubiesen estado en él. Por ello avisó a sus acompañantes para que, en forma alguna, atentasen contra aquella tierra o sus habitantes. 
Aquellos bandidos, interpretaron las palabras del gigante como un signo de debilidad y lejos de obedecerle decidieron rebelarse contra él. Aprovecharon para atacarle mientras dormía y, aunque le hirieron gravemente, la fortaleza de Gerión era tan grande que se repuso lo suficiente para acabar con sus antiguos camaradas de fechorías.

 Tumbado en el bosque, en estado febril por las heridas recibidas, Gerión, pensó que deliraba cuando oyó las voces de las dos mujeres. Se trataba de dos hermosas meigas (¿quién dice que las meigas no pueden ser hermosas y buenas?) que informaron a Gerión de que sus días en la tierra estaban llegando a su fin. También le ofrecieron un deseo cada una, pero con la condición de que para que estos se cumpliesen el gigante debería mostrarse antes verdaderamente arrepentido de la vida que había llevado. Gerión aceptó y pasó sus últimos días subiendo a las cimas más elevadas de aquel territorio. Sentado en lo más alto, ahíto con la belleza del paisaje, lloraba y lloraba, arrepentido de los muchos pecados que había cometido. Tantas eran sus lágrimas que, al desprenderse por las montañas, iban abriendo surcos en las mismas, formando ríos que, en su encuentro con el mar, moldeaban la costa con rincones maravillosos.


Las meigas entendieron que el arrepentimiento de Gerión era real y decidieron concederle sus deseos. Gerión, ya moribundo, pidió a estas que su cuerpo, que tanta maldad había contenido, fuese enterrado junto al mar y sobre su tumba se edificase una torre que le impidiese volver a salir a la luz. Su segundo deseo fue que su espíritu pudiese volar, libremente, acompañando a las aves.
Cuentan que las meigas pidieron ayuda a Hércules para enterrar a Gerión y construir la torre, junto al mar. También dicen que, acompañando a cualquier ave de las que surcan los cielos de Galicia, si lo intentamos, podremos identificar el espíritu de Gerión que, incansable, vigila aquella tierra de la que sigue enamorado, aun, en el más allá.

Matías Ortega Carmona
Reus agosto de 2004.