domingo, 18 de marzo de 2007

CUENTO - DIEGO MAQUINISTA









 DIEGO MAQUINISTA


Diego es un niño que vive cerca de la estación de ferrocarril. Su gran afición son los trenes y todo cuanto los rodea. Desde que nació, le han acompañado la imagen y el sonido de las grandes locomotoras. Durante un tiempo, aquellas enormes máquinas le habían dado miedo pero después, cuando subió por primera vez a una de ellas, quedó hechizado para siempre.
El niño era muy apreciado por los trabajadores de la estación, que lo trataban como uno de ellos, permitiéndole que participase en las distintas actividades. Uno de sus grandes amigos era Silvio, el Mozo encargado de manejar los carros de los equipajes y las mercancías. Su misión era llevar todas estas cosas desde el almacén a los trenes o al revés, según fuesen de salida o de llegada. Diego le ayudaba; subido al carro vigilaba que los paquetes que había colocado Silvio no se cayesen durante el trayecto.
También le encantaba acompañar al Jefe de Estación cuando éste iba a dar la salida a los trenes. Don Manuel le dejaba ponerse su gorra y que llevase el banderín. Como Diego era muy pequeño, la gorra le tapaba los ojos y debía de cogerse de la mano de su amigo para evitar tropezar y caerse. Sentía una gran emoción cuando, Don Manuel, levantando su banderín y haciendo sonar su silbato, daba la orden de salida al tren. El maquinista respondía haciendo pitar a la locomotora y ésta, soltando un bufido de satisfacción, soltaba vapor e iniciaba la marcha. Diego, soñaba que algún día él iría a los mandos de aquel tren recorriendo el país. No imaginaba mejor oficio que el de maquinista. Podría recorrer muchos sitios trasladando a la gente en busca de sus ilusiones. Los había que viajaban por placer, otros en busca de trabajo y muchos para reunirse con familiares lejanos. Diego y su locomotora harían posible que sus sueños se cumpliesen.

Mientras aquel día llegaba, nuestro amigo se conformaba con que Joan y Ezequiel (Maquinista y Fogonero respectivamente) le dejasen subir en Esmeralda, la mejor locomotora de aquel Depósito. Había una verdadera competición entre todos los maquinistas y fogoneros para que su máquina fuese la mejor. Les ponían nombre y las acicalaban como si tuviesen que ir de fiesta, operación que repetían después de cada viaje dejándolas limpias y relucientes. 

Diego ayudaba a sus amigos a mantener a Esmeralda como la reina entre sus compañeras. Éstos, como premio, dejaban que el niño los acompañase alguna vez hasta un apartadero cercano o cuando realizaban maniobras en la estación. Cuando hacía uno de aquellos pequeños viajes, Diego (que inevitablemente volvía con la cara negra de carbonilla) no se lavaba hasta que todos lo habían visto. Después caminaba orgulloso hasta su casa, como si viniese de vuelta de un duro día de trabajo. Por la noche la emoción no le dejaba conciliar el sueño y, cuando por fin se dormía, soñaba siempre con hermosos campos cubiertos de amapolas que él atravesaba con su tren.



El año había empezado con mucho frío cosa que en aquellas tierras eso no era ninguna novedad. El calendario marcaba el 5 de enero y las Fiestas Navideñas se acababan. Una gran nevada cubría la ciudad y todos los caminos que llevaban hasta ella. Joan no había salido de viaje aquel día y se entretenía poniendo a punto a Esmeralda. Lo acompañaban Ezequiel y Diego. Los dos hombres habían prometido al muchacho un buen tazón de chocolate y estaban deseando terminar. En esto vieron llegar a Marcelo, el Jefe de Depósito, que se acercaba hasta ellos con cara de preocupación. Joan lo conocía bien y enseguida se imaginó que algo grave pasaba. Dirigiéndose a él le dijo:
  • -¿Qué ocurre Marcelo, algo no marcha bien?
  • - Así es- contestó éste -. Me llegan noticias de que el mal estado de los caminos impide transitar por ellos y si la situación no mejora va a ocurrir una cosa muy grave. Entre los que se encuentran atrapados por la nevada están Sus Majestades Los Reyes Magos. Su comitiva no puede avanzar porque los camellos, que van muy cargados se hunden en la nieve.
  • - Efectivamente es una mala noticia - dijo Joan- ya faltan pocas horas para que los niños puedan recibir sus regalos y no hay tiempo para que la nieve desaparezca. Realmente haría falta un milagro.
En esto oyeron la voz de Diego que les decía:
  • - El milagro lo tenemos y se llama Esmeralda.
  • - Es cierto - asintieron los tres hombres (Ezequiel también se había sumado a la conversación)-, podemos intentar llegar hasta la Comitiva Real utilizando la vieja vía de Los Royales.
Se pusieron manos a la obra y colocaron a Esmeralda su faldón quitanieves pero, cuando lo habían hecho, se dieron cuenta de que tenían otro problema. Con la locomotora podrían despejar la vía pero, ¿cómo llegarían los camellos hasta el tren? La solución la aportó otra vez Diego, acordándose de una historia que le contaba su padre sobre los madereros. Aquel le explicaba como los leñadores, al no tener caminos para sacar los árboles de la montaña, aprovechaban los ríos para enviar los troncos aguas abajo. También le decía que a menudo sobre estos troncos se colocaba gente para guiarlos. Pues bien, si se podía utilizar un tronco para caminar sobre el agua, mejor se haría sobre la nieve. La idea fue acogida con entusiasmo y acoplaron a Esmeralda dos vagones, cargados de troncos, llegados a la estación el día anterior. ¿Qué suerte, no?

Habían avisado a Don Manuel y a otros compañeros ferroviarios, los cuales acudieron rápidamente para colaborar en lo que hiciese falta. Por la ciudad se había corrido la voz de que Los Reyes estaban atrapados con la nevada y quizás no podrían llegar y los niños lloraban desconsolados. Don Manuel, envió un emisario para que todos supiesen lo que se estaba intentando hacer desde la estación. Poco a poco, hasta ella iba llegando una multitud que la llenó por completo. Algunos, llevaban antorchas y otros, faroles de aceite para dar la bienvenida a los ilustres visitantes. También el alcalde, informado de aquella iniciativa, avisó a la Banda Municipal para que fuesen hasta allí para amenizar la espera y recibir a Los Reyes con música. Él mismo, acompañado de todos sus concejales, se dirigió al recinto ferroviario.


Esmeralda resoplaba avanzando entre la nieve. Llevaba acoplados los dos vagones de troncos y otros dos para poder acomodar toda la Caravana Real. Joan manejaba la locomotora con mimo y Marcelo y Ezequiel no paraban de echar carbón a su caldera. Con ellos, Diego, iba atento a todo, pero con el corazón encogido por si la aventura no tenía éxito. Al fin y al cabo él también era un niño y esperaba con ilusión el día de Reyes.

Por fin vieron una pequeña fogata a unos cien metros de la vía. En la misma, tratando de ahuyentar el frío, había mucha gente ataviada al estilo oriental. También estaban los camellos cargados con todo lo que habían pedido los niños a Los Reyes.
Los pajes se acercaron, llegando con bastante dificultad hasta el tren. Ayudados por los ferroviarios, empezaron a tirar sobre la nieve los troncos de los vagones, fabricando un camino de madera. Pasando sobre él, toda la comitiva, encabezada por Los Reyes, llegó hasta el tren. Diego no cabía en si de gozo, habían conseguido rescatar a Sus Majestades, y además los tenía tan cerca que podía tocarlos. Pero fueron ellos los que, acercándose al muchacho, lo besaron y le dieron las gracias por ser un chico tan listo e ingenioso.

La llegada a la estación fue apoteósica. Casi todos los habitantes de la ciudad estaban allí congregados. Joan detuvo el tren en el andén principal y, a los sones de la Banda, la Comitiva Real se apeó del mismo. Esmeralda hacía oír su silbato y de su chimenea salía un humo que lo inundaba todo. Los Reyes, después de saludar a todo el mundo, dijeron a los niños que marchasen para sus casas y fuesen pronto para cama. Ellos iban a reponerse del viaje y durante la noche, repartirían los regalos que los niños encontrarían, al despertar, por la mañana.
Poco a poco la estación fue quedando vacía. Joan y Ezequiel llevaron su locomotora hasta el Depósito, donde le quitarían la nieve que todavía llevaba encima. Hoy más que nunca Esmeralda merecía toda su atención. Diego quiso ayudarles, pero sus amigos le dijeron que se fuese para casa. Al fin y al cabo él también era un niño y tenía que hacer caso a Los Reyes.
Camino de su casa el niño pensaba que, si bien había pedido algún juguete que esperaba encontrar al día siguiente, el verdadero regalo lo había recibido ya con la emocionante aventura vivida aquel día.

Matías Ortega Carmona

Nota del autor:

Este cuento fue escrito para Diego, protagonista de alguna de mis historias. También es un homenaje a aquellos niños sorianos que, llenos de ilusión, acompañaron al autor de este cuento en la recepción de los Reyes Magos. 
La Estación de El Cañuelo en Soria fue  destino, en un par de ocasiones al final del siglo pasado, del viaje de sus Majestades de Oriente viviendo con ello algunos de sus momentos de mayor esplendor.

Las fotografías, a excepción de la de Diego, están sacadas de páginas de Internet.


LEYENDA DE LA TORRE DE HÉRCULES - GERIÓN

He añadido algunas fotos al texto para hacerlo más ameno. Las meigas y Gerión están sacadas de páginas de Internet y el resto son mías.


 GERIÓN

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchísimos años, existió un malvado gigante que tenía atemorizados a los habitantes de un bello país. No le bastaba con tomar, para él, la parte de las cosechas que necesitaba para su sustento, sino que además, acostumbraba a arrasar el resto. 
Sus correrías habían sumido en la más absoluta miseria a los esforzados campesinos que morían de hambre o a manos de aquella terrible criatura cuando, desquiciados, osaban oponerse a él. Aquellas pobres gentes, hartas de sufrir las fechorías del despiadado ogro, pidieron ayuda al Dios Hércules quien acudió a socorrerles.
Aunque era un Dios, no fue una empresa fácil para Hércules enfrentarse a Gerión (así se llamaba aquel gigante), quien poseía toda la fuerza que es capaz de acumular la maldad. Durante muchos días se enfrentaron sin que la lucha pareciese tener fin. La tierra temblaba ante el embate de los dos colosos. En varias ocasiones pareció que alguno de los contendientes había llegado al límite de sus fuerzas pero, empujados por misteriosas energías, se recuperaban y la lucha seguía con mayor ferocidad aún. Hércules, finalmente, se impuso a Gerión; una vez abatido el gigante le cortó la cabeza y lo sepultó bajo una gran torre. Esta construcción, desafiando al tiempo, ha perdurado hasta nuestros días como símbolo e identidad de una gran ciudad, A Coruña.




Esto es, dicho a mi manera, lo que cuenta la leyenda. Quizás por ser leyenda y porque me parece que los gigantes también tienen corazón, pienso que la historia muy bien podría haber ocurrido de este otro modo:

Hace mucho, mucho tiempo...

Las pocas casas que aun estaban en pie eran presa de las llamas. Los habitantes del pueblo, que no habían perecido en el ataque, corrían despavoridos buscando un lugar donde ocultarse de aquellos malhechores y sobre todo de su jefe, el gigante Gerión. Este, veía correr a la pobre gente que, desde su altura, le parecían conejos asustados en busca de una madriguera y sonreía divertido ante el terror que causaba. Mientras tanto, el resto de aquellos bandidos se dedicaban a los más sórdidos actos de pillaje.
En la vida de Gerión era tan sólo un día más y esos actos vandálicos formaban parte de su rutina cotidiana. Desde que nació había sido diferente. Su rápido desarrollo fue motivo para que la gente, primero, se riese de él y poco después empezase a temerle. La falta de cariño le convirtió en un ser rencoroso y su mísera infancia alimentó su desprecio hacía el resto del mundo. Creció de forma desmesurada hasta convertirse en un gigante a quien nadie podía hacer frente. Su existencia pasaba por ser la crónica de tristes y devastadores sucesos en los que, él, era el gran protagonista. Hacía ya muchos años que se dedicaba a sembrar el terror por doquier, arrasando todo lo que encontraba a su paso. Su fama y el temor que despertaba era tal que la gente se estremecía solo con oír su nombre.
Después de su última fechoría y de haber disfrutado del botín de la misma, Gerión ordenó a sus hombres que se preparasen para ponerse en camino. Buscarían un nuevo lugar en el que seguir engrandeciendo su leyenda. 


Así, llegaron a un país de bosques tan espesos que apenas dejaban pasar la luz. La vegetación era tan exuberante que apenas había caminos. Los montes llegaban al mar, formando abruptos acantilados y sus moradores vivían en dispersas aldeas. Gerión había oído hablar de una tierra como aquella en la que también, se decía, habitaban hadas y meigas. Al instante, quedó cautivado por aquel lugar. Sus ansias de lucha y de saqueo se evaporaron, como si nunca hubiesen estado en él. Por ello avisó a sus acompañantes para que, en forma alguna, atentasen contra aquella tierra o sus habitantes. 
Aquellos bandidos, interpretaron las palabras del gigante como un signo de debilidad y lejos de obedecerle decidieron rebelarse contra él. Aprovecharon para atacarle mientras dormía y, aunque le hirieron gravemente, la fortaleza de Gerión era tan grande que se repuso lo suficiente para acabar con sus antiguos camaradas de fechorías.

 Tumbado en el bosque, en estado febril por las heridas recibidas, Gerión, pensó que deliraba cuando oyó las voces de las dos mujeres. Se trataba de dos hermosas meigas (¿quién dice que las meigas no pueden ser hermosas y buenas?) que informaron a Gerión de que sus días en la tierra estaban llegando a su fin. También le ofrecieron un deseo cada una, pero con la condición de que para que estos se cumpliesen el gigante debería mostrarse antes verdaderamente arrepentido de la vida que había llevado. Gerión aceptó y pasó sus últimos días subiendo a las cimas más elevadas de aquel territorio. Sentado en lo más alto, ahíto con la belleza del paisaje, lloraba y lloraba, arrepentido de los muchos pecados que había cometido. Tantas eran sus lágrimas que, al desprenderse por las montañas, iban abriendo surcos en las mismas, formando ríos que, en su encuentro con el mar, moldeaban la costa con rincones maravillosos.


Las meigas entendieron que el arrepentimiento de Gerión era real y decidieron concederle sus deseos. Gerión, ya moribundo, pidió a estas que su cuerpo, que tanta maldad había contenido, fuese enterrado junto al mar y sobre su tumba se edificase una torre que le impidiese volver a salir a la luz. Su segundo deseo fue que su espíritu pudiese volar, libremente, acompañando a las aves.
Cuentan que las meigas pidieron ayuda a Hércules para enterrar a Gerión y construir la torre, junto al mar. También dicen que, acompañando a cualquier ave de las que surcan los cielos de Galicia, si lo intentamos, podremos identificar el espíritu de Gerión que, incansable, vigila aquella tierra de la que sigue enamorado, aun, en el más allá.

Matías Ortega Carmona
Reus agosto de 2004.