sábado, 23 de noviembre de 2013

RELATO RAICES.

Este relato es un homenaje a los muchos gallegos que por un motivo u otro, casi siempre económico, dejaron su tierra y en muchos casos ya no no regresaron nunca. Aun así, se cuidaron de transmitir a sus descendientes el amor por su origen e hicieron que muchos de ellos hayan vuelto para conocer sus raices.





RAICES

Manuel Pereiro Sandín, abuelo de Aurora, fue uno de los muchos gallegos que salió de su tierra persiguiendo el sueño de hacer fortuna. Dejó su pequeña aldea de Louro, en el Concello de Muros, provincia de La Coruña para recalar cerca de Buenos Aires en la población argentina de Villa Ballester.


Estación de ferrocarril


Algunos amigos que emigraron antes que él le hablaron de  ése lugar y de la necesidad de mano de obra que generaba la expansión del municipio. Manuel pensó que allí, trabajando duro, conseguiría en poco tiempo el dinero necesario para volver a Galicia y afrontar el futuro con una posición económica desahogada. Como sucedió con muchos otros, aquel sería un viaje de sueños rotos en el que no habría retorno.

Villa Ballester, era por aquellas fechas, una pequeña ciudad todavía joven, pues había sido fundada en 1889 por los herederos de Miguel Ballester, importante terrateniente del Partido de General San Martín en la provincia de Buenos Aires. Pedro Ballester (de quien tomaría el nombre el lugar) vio la posibilidad de hacer negocio promocionando un asentamiento que sirviese de complemento a una gran urbe como Buenos Aires, que crecía a ritmo vertiginoso. La buena comunicación tanto por  ferrocarril como por carretera, con la capital, habría de facilitar el tránsito de personas y mercancías impulsando el crecimiento y desarrollo de la localidad.

Donde nada había, todo se tenía que construir. Partiendo de la hacienda de los Ballester y en dirección a la estación de ferrocarril, los terrenos se iban edificando con viviendas, industrias y también comercios para abastecer a la población. El grueso de la mano de obra llegaba de fuera y junto a argentinos, que se desplazaban generalmente desde Buenos Aires, vinieron emigrantes de otros países. Franceses y principalmente alemanes llegaron para quedarse, dejando en la ciudad su impronta y sus costumbres. También, atraídos por Manuel, empezaron a llegar algunos gallegos que a su vez servían de reclamo a otros que les seguirían hasta formar una pequeña colonia.

Nadie, como los gallegos, sufre el estar alejados de su país. Todos los que hemos estado lejos de padres, hermanos, familia y amigos hemos llorado, en alguna ocasión, su ausencia pero el gallego necesita su tierra y si no la tiene la llora como a cualquier ser querido. Aunque el clima que encontraron en aquella parte de Argentina guardase cierta similitud con su lugar de origen, temperaturas poco extremas, bastante humedad y lluvia algo frecuente, Manuel y el resto de la colonia echaban de menos los paisajes de sus aldeas. El verdor de los campos que rodean a la laguna de Louro, el amarillo intenso que en primavera da la flor del toxo a los montes, el nítido azul del cielo y mar en los días de bonanza, la arena blanca y fina de las playas y hasta los poco idílicos temporales, frecuentes en la Costa da Morte, eran recuerdos que se clavaban como puñales en el corazón de aquellas gentes.

Muros
Duras jornadas faenando en el mar, los amaneceres llegando al puerto de Muros con la pesca recogida durante la noche, unas veces abundante y otras tan escasa que poco quedaba para los marineros cuando de las ganancias, se desquitaba  la parte del patrón. Esos eran los recuerdos de un Manuel reconvertido a obrero de la construcción. María Suarez Piñeiro, su esposa, encontró trabajo entre el personal de servicio domestico de la quinta que Jean Bouvier, un acaudalado comerciante francés que había dejado Buenos Aires, atendiendo los deseos de su esposa Justine. Ésta no soportaba la presión y el ajetreo de vivir en la gran ciudad y Villa Ballester ofrecía más tranquilidad, a la par que la poca distancia con la capital permitía a Monsieur Bouvier seguir atendiendo sus negocios sin tener que realizar largos desplazamientos.

Pasaban los meses, Manuel y María veían que el dinero que ganaban, si bien les permitía vivir cómodamente, no era suficiente para poder cumplir su sueño de volver a su aldea de Louro en Galicia, por lo menos de momento. Por ello ya no hacían planes a corto plazo y empezaron a plantearse que su regreso quedaría para cuando pudiesen retirarse a vivir sus últimos años en la tierra que les vio nacer.

La mayoría de los emigrantes gallegos varones siguieron los pasos de Manuel trabajando como obreros en la construcción. Muchos de ellos, aprovechando que estaban edificando un grupo de nuevas viviendas, decidieron que había llegado el momento de dejar de ser inquilinos para tener su propio hogar. 

Villa Ballester

Se construía en cuadras formadas por casas de planta baja y piso, con un patio lateral y trasero que proporcionaba a las viviendas una mayor privacidad. Los patios eran lugar de reunión en fechas señaladas y algunos aprovecharon para tener un pequeño huerto donde sembraban verduras con simientes que se hicieron traer desde Galicia.

La vida de Manuel y María tomó un nuevo rumbo cuando, al cumplirse dos años de su llegada a Argentina, nació su primer hijo. El niño, siguiendo la tradición, se llamaría Miguel al igual que su abuelo paterno. No sería su único descendiente, pues después del primogénito llegarían Antonia y Josefa. A partir de entonces, toda la atención y recursos económicos de la pareja se centraron en que los pequeños creciesen y estudiasen lo suficiente para tener una vida menos dura que la que habían tenido ellos.

Aurora, es la hija de Miguel. Nada, a simple vista, se ve en ella de su ascendencia gallega. Su acento es puramente argentino y su imagen y maneras son los de cualquier mujer de su edad en Villa Ballester, pero su corazón es como un baúl, repleto de recuerdos y amor por una tierra que no conoce. Recuerdos de su infancia, con sus abuelos y otras gentes que vinieron de Galicia y nunca regresaron a ella. Recuerdos de las tardes en que, en cualquier patio de una casa de cualquier familia gallega, se entonaba canciones tradicionales y se bailaba al son de la gaita. Recuerdos del día de Reyes, cuando se reunía toda la colonia y ataviados con sus trajes típicos y sus instrumentos musicales se iban al Parque de la Plaza de Argentina. Allí los mayores recreaban las romerías que salpican toda la geografía gallega, sobre todo en verano, y los pequeños disfrutaban de los regalos y juguetes  traídos por sus Majestades de Oriente.  Recuerdos de largas playas , de arena blanca que miran al océano, ese mar inmenso que muchos surcaron en pos de sus sueños. Recuerdos de verdes prados, frondosos bosques, altas montañas y ríos limpios y cantarines. Paisajes que, a fuerza de ser oídos,  conocía y visitaba cerrando los ojos cuando la morriña, si ella también sentía morriña, la invadía. Recuerdos, recuerdos,  tantos recuerdos…

Villa Ballester
Aurora había estudiado derecho en Buenos Aires. En su último año de carrera conoció a Damián, un joven pintor al que auguraban un gran futuro. Era un varón bien parecido, de carácter alegre, amante de los caprichos y al que rodeaban siempre bellas mujeres. Cuando este hombre se fijó en ella y la escogió como compañera, por encima de las sofisticadas damiselas que revoloteaban a su alrededor, Aurora se sintió afortunada. Era feliz, solo tenía ojos para él y sus oídos siempre estaban alerta para escuchar sus deseos que corría a satisfacer.

Aurora y Damián se casaron y se instalaron en Villa Ballester. Ella, acabada su carrera, empezó a trabajar en uno de los bufetes de abogados de la ciudad, la firma Vilmaux-Dangla, cuyos ascendientes franceses habían llegado desde Buenos Aires cuando lo hizo el antiguo patrón de su abuela Monsieur Bouvier. Maurice, el hijo del comerciante, sentía aprecio por María que lo había cuidado de niño y dio buenas referencias de su nieta de esta para que fuese contratada. Damián iba teniendo algunos encargos y todo apuntaba a que la vida de los recién casados estaba encaminada a ser un idilio permanente. No sería así y pronto las rosas dejarían ver sus espinas.

Damián, que durante un tiempo tuvo un estudio en Villa Ballester, se buscó otro local en Buenos Aires con la excusa de que la capital ofrecía más posibilidades ya que todo lo relacionado con el mundo del arte se movía en la misma. Eso causó el primer contratiempo en la pareja pues, aunque el pintor empezaba a ser conocido y sus obras se vendían, los gastos aumentaban y Aurora tenía que cubrir con su salario los gastos de la casa y muchas veces pagar el alquiler del estudio de su marido.  Ella no entendía a donde iba a parar el dinero que Damián cobraba y éste le decía que los clientes no siempre pagaban con puntualidad, pero que esas deudas debían contemplarse como una inversión. Exigir demasiado a los clientes podía crearle mala fama y eso no era una buena promoción. Después de una agria discusión, Aurora cedió y su marido siguió adelante con sus planes.

Las ausencias de Damián se sucedían cada vez con más frecuencia. Al principio era algún día a la semana lo que pasaba en Buenos Aires, después semanas enteras. Las facturas del alquiler del estudio y otros gastos del pintor llegaban al domicilio familiar sin que este las pagase teniendo Aurora que hacer frente a las mismas. Ella sabía que había otras mujeres en la vida del artista y se decía una y mil veces que aquello se había terminado pero una y mil veces lo perdonaba.

Ella, porque su trabajo y la casa la absorbían y él, porque estaba abandonado a una vida bohemia y disoluta de la que no quería prescindir, no se habían planteado el ser padres hasta que Aurora pensó que un hijo podía hacer sentar la cabeza a Damián y dejó de tomar precauciones para prevenir el embarazo. Luis, su hijo, nació cuando la pareja llevaba cuatro años de matrimonio. Damián estrenó su paternidad con tanta ilusión como precocidad y tardó más bien poco en volver a su vida anterior.

La vida castigaba a Aurora dejándola sin aquello que más quería. Sus abuelos habían muerto sin conocer a su bisnieto, su matrimonio se hundía y ella tenía que sacar adelante su casa y su hijo pero aun contando con la ayuda de su madre la tarea era ardua. Conocía las andanzas de su marido y no quería verlas, sabía que ella era culpable por omisión, le perdonaba cuando volvía y le escuchaba cuando él le decía que ella era su único amor. Le escuchaba aun sabiendo que le mentía. Nunca supo explicarse porque  aguantó esa situación durante tantos años pero cuando tomó la decisión de dejar a su marido se dio cuenta de que de nuevo era ella que le necesitaba para nada y que perderlo de vista fue una liberación.

Alameda de Santiago de Compostela

Aurora pasea por el Parque de La Alameda de Santiago de Compostela. Por la tarde cogerá un vuelo que la llevará de vuelta a Buenos Aires. Unas horas para recorrer un camino que a sus abuelos, Manuel y María, les supuso días de penosa travesía en barco. Ellos murieron sin poder regresar, sin ver cumplido su sueño de envejecer y morir en su Galicia que tanto lloraron. Ella ha venido por ellos, para conocer aquello que ya conocía de tanto como se lo contaron, para respirar ese aire sin el que se estaba ahogando, para pisar con sus pies descalzos la arena de la playa, para sentir el olor de los prados con la hierba mojada, para ver el océano desde esta orilla y aprender que duros son los sueños cuando el despertar es amargo.

  
Aldea de Louro y laguna
Al pie de un pino, cerca de la Laguna de Louro, Aurora ha enterrado una caja con fotos de toda la familia, con cartas en las que los padres de Manuel y María les pedían a éstos que regresasen pronto a Galicia. Unos familiares muy lejanos es lo que queda de los Pereiro y los Suarez en su aldea. La han acogido con cariño pero, aun sabiendo que eso no era posible, habría querido encontrar a alguno de aquellos que esperaban que Manuel y María regresasen, sentarse con ellos viendo al sol sumergirse en el mar y contarles como sus abuelos echaron de menos su tierra, su gente y que siempre quisieron volver. 

Vista de la catedral desde la alameda
En un banco de la Alameda, la escultura  de D. Ramón María del Valle Inclán, contempla la Catedral; preciosa la vista que el templo ofrece desde ese lugar. Aurora se sienta a su lado con el corazón oprimido sabiendo que su viaje se acaba, pero también está feliz porque ha pasado unas semanas cumpliendo un anhelo, ha pasado unas semanas viviendo Galicia.

Matías Ortega Carmona