martes, 20 de marzo de 2012

NOVELA - EL MILAGRO DE PUERTO COLOMBIA 3ª ENTREGA


Construcciones de Ultramar, empresa española con importante arraigo en toda la América Latina, fue la adjudicataria encargada de urbanizar la zona y construir el complejo de edificios que complementaban las obras del nuevo muelle en Puerto Colombia. El responsable y encargado de desarrollar ese proyecto era Samuel, quien por ese motivo había viajado desde España dos años antes. Al principio le costó adaptarse al clima caribeño y también al modo de vida de los porteños. Allí el tiempo tenía una importancia relativa y las prisas, tan habituales en España, eran algo desconocido. Por otra parte, una vez se asimilado que las cosas eran así, uno tendía a pensar que quizás aquella gente tuviese razón y que la vida se podía vivir con menos sobresaltos, obviando todo aquello que realmente no fuese necesario.

El sábado 18 de febrero todo estaba listo para la inauguración. Los porteños iban llegando en masa, ellos siempre tranquilos, lo hacían esta vez con relativa prisa para escoger el mejor lugar posible desde el que presenciar los actos previstos. La expectación era enorme, no solo porque la entrada en servicio de las nuevas instalaciones eran de suma importancia  para Puerto Colombia y su futuro, además estaba el tema de La Virgen de la que todos se sentían ya devotos. Correspondía al Obispo comunicar la decisión adoptada por la Iglesia sobre este tema y se respiraba cierta inquietud por si se optaba por trasladar a la capital aquella imagen que ya consideraban suya.
El obispado había debatido durante horas el hallazgo de la Virgen, olvidada durante treinta y cinco años en un oscuro almacén. Había que buscar la manera de justificar ese olvido y acabar con ciertas chanzas que empezaban a hacerse populares como la que recitaban muchas personas en toda la provincia – “La iglesia nos pide que nos encomendemos a la Virgen sin saber donde está escondida”

Orestes Gaviría Álvaro, obispo de la diócesis de Barranquilla tenía a su favor que cuando ocurrieron los hechos, la llegada del flete a Puerto Colombia, el era un joven y prometedor párroco en una población del Valle. No tenía, pues, ninguna responsabilidad en lo ocurrido y, si gestionaba bien este asunto, podría  obtener unos méritos que impulsasen aun más su ascendente carrera dentro de la curia. Había dedicado muchas horas a documentarse sobre la historia de Puerto Colombia, lo que había supuesto la construcción de su puerto y todo lo relacionado con la actividad del mismo. El tema tenía su importancia visto desde el prisma del auge que tuvo la ciudad en ese tiempo y el lugar preponderante que ocupaba ya en la región. Lo que no acababa de ver es como encajar el asunto de la Virgen en todo ello.
Se acercaba el día y el prelado Orestes no acababa de tomar una decisión. Un terrible suceso ocurrido en el puerto de Barranquilla haría que viese la luz. Por causas desconocidas  se produjo una explosión en uno de los cargueros atracados en el muelle de la ciudad caribeña. Este trágico incidente dejó un balance de veinte marineros muertos. Revisando la estadística el Obispo vio con sorpresa que de los accidentes ocurridos en el recinto portuario de Puerto Colombia, en los años que la imagen llevaba depositada en aquel almacén, ninguno de ellos había causado muertes.

Inocencio Chávez Corrientes, gobernador de la provincia que alberga el Departamento Caribeño de Barranquilla, llegó a Puerto Colombia dispuesto a darse un baño de multitudes en la fiesta de inauguración. Destacó en su parlamento el esfuerzo realizado por el Gobierno de Nación financiando la mayor parte del proyecto. Nombró y agradeció, la aportación de  las distintas empresas privadas que participaban en el mismo y, como buen político, se guardo para sí el papel más lucido. Recordó a todos los presentes que suya fue la primera propuesta de ampliación del puerto y se extendió en detallar la ingente cantidad de tiempo y gestiones que tuvo que realizar para materializarla. Por supuesto no habló en ningún momento de cómo su patrimonio y el de sus colaboradores más allegados había ido creciendo al mismo ritmo que las obras. Poco importaba en estos momentos eso a los porteños que estaban acostumbrados a que la corrupción estuviese presente en cualquier faceta de la vida pública. Ahora todos querían oír hablar al obispo.
Orestes casi se olvida de que el motivo principal de aquellos actos era la bendición e inauguración del nuevo muelle. Inició su discurso recordando los hechos luctuosos ocurridos en la vecina Barranquilla, enviando sus condolencias a los familiares de los fallecidos, para seguidamente acercarse al improvisado altar de la virgen, recientemente rescatada del olvido, y arrodillándose ante ella proclamar “SU MILAGRO”.
Encendido de fe, Su Eminencia relató a los porteños que le escuchaban, boquiabiertos, (no todos los días podían ser protagonistas de un milagro) que aquella imagen era la de La Virgen del Carmen. Les aclaró que el pretendido olvido por parte del obispado no había sido tal, sino la voluntad de la Madre de Dios de demostrar a los habitantes de Puerto Colombia que aun desde la oscuridad de su embalaje, arrinconada en un almacén, podía velar por ellos. Los datos exhibidos por Orestes Gaviría Álvaro eran contundentes: en todo aquel tiempo La Virgen del Carmen había velado por la seguridad de los marineros y trabajadores del puerto no permitiendo que ninguno de ellos perdiese la vida en el desempeño de su trabajo.
Las gentes se arrodillaban y lanzaban vivas a la que a partir de entonces iba a ser la patrona de la ciudad. Todos querían acercarse a tocar y besar la imagen. El Obispo y los religiosos que le acompañaban estaban exultantes pero se aplicaron en contener a los fieles para que el fervor no degenerase en tumulto. Inocencio, el Gobernador, vio claro que su protagonismo quedaba anulado ante aquellos hechos y decidió subirse a aquel místico carro. Se mostró convencido del milagro anunciado por su eminente compañero de inauguración y convino con el obispo Orestes en incorporar a La Virgen al resto de actos. Así la imagen fue bendecida y paseada por el puerto, como si en lugar de estar en febrero fuesen las Fiestas de la Patrona, aun por instaurar, y de la procesión marinera se tratase.