sábado, 27 de octubre de 2012

LIBRO DE VIAJE POR LOS RECUERDOS 11ª ENTREGA DE MIS PAISAJES






Estación de Port Bou

Tuve una larga trayectoria sindical dentro del Sector Ferroviario de la UGT que se desarrolló en varios ámbitos de Cataluña, Madrid y Castilla y León, siendo la provincia de Gerona el escenario donde esa labor me proporcionó más satisfacciones. Por eso, para encabezar estas páginas, he elegido esa foto de la estación de Portbou.
Ese fue, durante muchos años, un enclave ferroviario de los más importantes de España. Su condición de lugar fronterizo hacía de esta pequeña villa gerundense un punto vital del transporte por ferrocarril ya que, tanto pasajeros como mercancías, debían de pasar los controles aduaneros pertinentes. Puede decirse que aquella era una población hecha por y para el ferrocarril y por eso la estación era el centro neurálgico de la misma. Sus habitantes, salvo los que se dedicaban al comercio, tenían en ese recinto su medio de vida. Ferroviarios en su mayoría, pero también guardias civiles, policías y personal de aduanas transitaban a diario por andenes, vías y resto de dependencias.
Los paisajes gerundenses han sido importantes en mi trayectoria personal y profesional. Inicié mi carrera ferroviaria, como Especialista de Estaciones (nombre rimbombante cuyo verdadero significado era el de chico para todo) en Riudellots de la Selva, otra pequeña población cercana a la capital. Realicé prácticas en la terminal de Gerona Mercancías y después, ya como Factor de Circulación, trabajaría en diversas estaciones de la provincia como: Blanes, Sils y Massanet de la Selva. Después de mi ascenso a Jefe de Estación mi vida tomaría otro rumbo lejos de aquellas tierras.
Fue un Factor de Circulación, Carlos Domínguez, sindicalista de UGT y miembro del Comité de Centro de Trabajo el causante de que yo siguiese su mismo camino. Él me postuló como candidato en las Elecciones Sindicales celebradas en RENFE en el año 1980 y sin darme cuenta me encontré inmerso en una actividad para la que quizás estaba predestinado.
Mi labor como sindicalista me llevó a visitar con asiduidad todos los centros ferroviarios de la provincia permitiéndome, a la vez que atendía mis quehaceres sindicales, conocer paisajes tan hermosos como todo el tramo de vía que va de Ripoll, capital del Ripollés, a La Tour de Carol, otra frontera ferroviaria con Francia de menor importancia y tráfico que Port Bou y además de éstas, otras poblaciones como:
Puigcerda, capital de la comarca de la Cerdaña cercana al Principado de Andorra; Ribes de Fresser, enlace con el ferrocarril de cremallera que llega hasta el Santuario de Nuria y La Molina, una de las primeras estaciones de esquí que se abrieron en España.
El otro tramo de línea que cruza la provincia de Gerona es el que va desde Blanes a Port Bou. Blanes es una población pesquera y turística de primer orden. En ella se inicia la denominada Costa Brava y el río Tordera, que desemboca en sus proximidades, es la frontera natural con la comarca del Maresme.
 
Panoramica de Blanes
 A partir de Blanes el ferrocarril se adentra otra vez en la  provincia de Barcelona y después de pasar por Tordera llega a Massanet, enlace con la línea que viene de Granollers y mi última residencia como Factor de Circulación. No volveremos a encontrar la costa hasta la localidad de Llança, ya cerca de Port Bou. Por el camino habremos pasado por la capital, Gerona.

Girona, zona de la muralla detrás de la catedral.
Gerona es una ciudad donde pasado, presente y futuro se dan la mano. Resulta muy interesante visitar su barrio judío, tan bien restaurado que una vez dentro de alguna de estas casas nos parecerá que hemos vuelto a la edad media, antes de que los miembros de esta comunidad fuesen expulsados de España por los Reyes Católicos. Pero lo mejor de esta ciudad es su presente, no en vano está considerada una de las primeras ciudades españolas en calidad de vida, y también su futuro que con la llegada de los trenes de Alta Velocidad y la conexión de esta red con Francia se augura esplendido.

Museo Dalí de Figueres
Otra de las ciudades importantes por la que pasa el ferrocarril, en su camino a la frontera, es Figueras. Esta población cuenta como mayor atractivo con el Museo dedicado a Salvador Dalí, el gran genio de la pintura de la generación del 27 nacido en Cadaqués que vivió y realizó la mayor parte de su obra el bellísimo rincón de Port Lligat. Su casa, convertida en museo es uno de los lugares más visitados de la Costa Brava de la cual, junto a otros gerundenses ilustres como Josep Plá, por citar alguno, fueron unos dignos representantes.
El año 1986 supuso un cambio radical en la estructura de los sindicatos en RENFE. El Comité Intercentros, del cual yo había formado parte, pasó de 75 a 13 miembros y los Comités Locales se ciñeron al ámbito provincial. Estas modificaciones obligaron a variar la estructura interna de los sindicatos con representación en la empresa para adaptarlos a una mayor operatividad.
Hasta esa fecha yo había compatibilizado, mis responsabilidades en la Ejecutiva del sindicato en Cataluña, con frecuentes viajes a la provincia de Gerona.
Acostumbraba a dormir en el dormitorio de agentes que RENFE tenía en Port Bou y me gustaba pasear por la noche por la estación para conocer in situ los problemas que encontraban mis compañeros en el desarrollo de su trabajo.

Port Bou, edificio donde se encuentra el enclavamiento (Cuadro de mando desde donde se manejan a distancia todos los dispositivos de vía y señales) detrás la Iglesia.
La Tramontana, el viento típico de aquella zona, alcanza velocidades que suelen sobrepasar los 90 Km. por hora y eso hace que los trabajos de formación de trenes resulten muy penosos. En algunos casos la virulencia del viento era de tal magnitud que había arrancado el techo de algún vagón y levantado del suelo a alguno de los trabajadores que por allí faenaban. 
La noche era el mejor momento para comprobar  las carencias en las instalaciones, sobre todo en lo referente a iluminación, y hacerlo personalmente me daba mayores argumentos a la hora de exigir a los responsables que se aportasen las debidas soluciones.
 
Desde septiembre de 1986 a agosto del 1987 me dediqué, con la ayuda de los compañeros de la provincia, a organizar el Sector Ferroviario de la UGT de Gerona y a preparar las elecciones sindicales que se celebraron en el mes de noviembre. Fueron meses de intenso trabajo pero tuve la satisfacción de ver que, llegado el momento de mi marcha, quedaba una estructura consolidada y unas personas capaces, no solo de mantenerla, sino también de mejorarla.

Girona, puente sobre el río Oñar
No llegué nunca a vivir en Gerona pero fue mucho el tiempo que pasé por aquella provincia que, como no podía ser de otra manera, forma parte de mis paisajes más queridos.
Los años dedicados al sindicalismo son un paisaje agridulce en mi vida. En la parte oscura sitúo las intrigas internas, propiciadas por intereses personales de gentes cuya única meta era ocupar parcelas de poder dentro de la organización o usar ésta como trampolín político. También estaban aquellos que descubrieron en el movimiento sindical una forma de vida lejos de su puesto de trabajo, donde dolía menos la espalda y tenían a mano la llave que abría la puerta de los favores personales. Hablo en pasado pero bien podría hacerlo en presente ya que, lamentablemente, la situación que describo sigue estando igual de vigente hoy en día.
En el lado positivo muchos buenos momentos vividos junto a compañeros con los que conseguimos algunos logros que mejoraron las condiciones de trabajo y solucionaron los problemas de muchos trabajadores.
 
Tossa de Mar
El mejor marco, para recordar esa época de mi vida con alegría, es Gerona y su provincia. Tierra de grandes contrastes, con lugares de inigualable belleza que recomiendo visitar. Los hay de todo tipo:
La Costa Brava, con aguas cristalinas y poblaciones llenas de encanto como Tossa de Mar, San Feliu de Guixols, Rosas, Cadaques etc.
Paisajes de alta o media montaña,donde las cumbres nevadas alternan con  verdes e interminables prados.
Bañolas y su lago acogen a multitud de visitantes que buscan refrescarse en sus aguas o practicar deportes naúticos.
Recintos medievales como Pals o Besalú, nos trasladan a otro tiempo.
Antiguas zonas volcánicas como la Garrotxa de la que es capital la ciudad de Olot y ríos cristalinos que serpentean por las faldas pirenaicas antes de verter sus aguas en otros más contaminados por las influencias de la civilización.

Quiero que estas páginas, dedicadas a Gerona, sean también una muestra de cariño para esos amigos que hice mientras andaba por allí, en especial para: Cipriano, Joaquín y Jovi. Compartí con ellos mucho tiempo de labor sindical pero, por encima de eso, nos unió una  amistad  que  se mantiene viva con el paso de los años. Es uno de los grandes premios que me ha dado la vida y borra cualquier mal recuerdo que pudiese tener de aquella época.

De izquierda a derecha ,Cipriano, Jovi y Joaquín

viernes, 19 de octubre de 2012

HISTORIAS DE HOSPITAL - 2ª PARTE






Puesta de sol en Canarias  (Foto de Loli Agea)

HISTORIAS DE HOSPITAL

Capitulo 2

Hospital Militar de Tenerife

Hablaba en el capitulo anterior de mi paso por distintos hospitales y dejaba constancia de querer, por encima del dolor derivado de la enfermedad o algún mal trato recibido por algunas personas de esos centros, resaltar los detalles positivos de esas experiencias que al final son los que perduran en el recuerdo.

Desde mi infancia, yo, había destacado por mi avaricia en coger cualquier virus (recurro a ese vocablo tan de moda en la actualidad aunque entonces  las enfermedades tenían nombres tan pintorescos como cólico miserere, una cosa mala, etc.) que estuviese en el ambiente. La verdad es que si lo cuantificasen en datos económicos, las atenciones médicas que he recibido a lo largo de mi vida, bien podría achacárseme el haber contribuido de forma activa a fomentar el déficit en la sanidad pública. Por otra parte y mirándolo en positivo, puedo congratularme de haber proporcionado a la ciencia horas de estudio e investigación (si no estudiaban o investigaban era porque no querían) para descubrir y tratar mis males que bien pueden haber sido los de más  personas. Vaya pues lo uno por lo otro.
Vegetaciones, en dos ocasiones, y las anginas llenas de pus, me habían hecho someterme a intervenciones quirúrgicas antes de cumplir los nueve años. Recuerdo que para quitarme estas últimas me colocaron un aparato en la boca que me impedía cerrar la misma. Me sentaron en un sillón reclinable, tipo barbero, y el otorrino, un médico polivalente con fama de carnicero, introdujo una herramienta parecida a una tenaza con la que seccionó las glándulas. La anestesia no debía de haber hecho mucho efecto, mientras me estaba interviniendo,  porque lo recuerdo todo y vine a quedarme dormido cuando me bajaron del taxi, ya en casa. Nada que ver con la forma y los cuidados que rodean este tipo de intervenciones en la actualidad. Como todo tiene su parte positiva, la extracción de amígdalas hizo (puede resultar curioso leer esto hoy) que por primera vez, quizás porque el médico tuvo a bien recomendarlo, se comprasen helados en una casa en la que eso quedaba cercano al despilfarro económico.  Seguramente para cualquier niño de ahora, acostumbrado a ver estos productos en la nevera de casa, resultará chocante esta historia de los helados en el trance de una operación que en aquellos días se realizaba de un modo algo salvaje.

Dicen, yo lo creo, aunque no exactamente en su sentido religioso, que somos un espíritu alojado en un cuerpo y pienso que en esto también hay clases. Como en los automóviles, a mí alma le tocó (espero encontrar un día al repartidor de cuerpos) un utilitario de bajas prestaciones susceptible de tener las más variadas y diversas averías. Aun así voy trampeando y reforzando mi ánimo para que no se resienta  ante las adversidades.

Mi primera experiencia hospitalaria grave tuvo lugar en Santa Cruz de Tenerife. El Estado había tenido a bien enviarme a las Islas Canarias para hacer de mí un soldado. He de reconocer que, seguramente por mi poca disposición a ello, el intento resultó un fracaso. El ejército y yo nunca resultamos demasiado compatibles y a pesar de que me licencié como Cabo Primero mi única meta al ascender fue la de vivir mejor. En ningún momento el ardor guerrero caló en mi interior y a  ello contribuyó de manera decisiva mi paso por el Hospital Militar de Tenerife.

Llevaría unos dos meses en el CIR de Hoya Fría cuando me sobrevino una peritonitis que caso de haberme sucedido en mi siguiente destino, Arrecife de Lanzarote donde no había ningún hospital, y ser atendido con la poca diligencia que lo hicieron en el campamento  podía haber tenido consecuencias irreparables. Desde que me empezó el cólico hasta que me enviaron al Hospital pasaron ocho largas horas en las que me atendieron los sanitarios (ignoro hasta que punto estaban cualificados para recibir ese nombre) del  Dispensario médico. En ese tiempo, además de administrarme calmantes, hasta se les ocurrió darme una copa de ginebra que, según ellos, era buena para el “dolor de barriga”. El médico, un Alférez de milicias, al que habían avisado varias veces llegó, ataviado con su equipo de tenista incluida la raqueta, cuando terminó con el importante partido de tenis que le mantenía ocupado. No necesitó demasiado tiempo para ver que la cosa era grave y ordenó mi traslado en ambulancia hasta Santa Cruz.

El Hospital Militar era un edificio antiguo, de grandes dimensiones y bastante destartalado por el paso del tiempo. Fue derruido en febrero de 2002 y en la actualidad, después de su rehabilitación, se ha convertido en un Centro Socio-Sanitario. La verdad es que no me produce ninguna nostalgia la desaparición de ese centro.
Me ingresaron en la Sala de Cirugía donde me diagnosticaron una perforación de apendicitis que había que operar rápidamente.   Aun así hubo tiempo para que me sacasen sangre, me rasuraran desde el pecho hasta las ingles, no les iba de un palmo, y poder darme una gratificante ducha, la primera con lo más parecido a agua normal desde que había llegado a Canarias (en el CIR, aunque se suponía que el agua pasaba por una planta desaladora,  la sensación al ducharse e incluso al beber era que lo hacías con agua de mar).

El quirófano estaba anexo a la Sala de Cirugía por lo que no tuve que andar demasiado para llegar a él por mi propio pie. Cuando entré estaba allí un sacerdote, días más tarde me enteré que tenía la graduación de capitán, que me recibió sonriente intentando tranquilizarme para que afrontase la operación con mayor ánimo. Mientras me preguntaba de donde era y cosas por el estilo, la anestesia fue haciendo efecto y la cara de aquel capellán, entrado en años, fue lo último que vi antes de quedarme dormido. Que distinto en el trato, aquel religioso, de su colega Sor Luisa la Jefa de la Sala de Cirugía a la que conocí cuando desperté de la anestesia. Aquella mujer, nunca tenía una palabra amable para los enfermos y su mal genio la llevó en un par de ocasiones (mientras yo estuve allí) a ordenar retirar el desayuno   porque, según ella, los pacientes demostraban poco apetito al no apresurarse a sentarse a las mesas, situadas en el centro de la sala, donde  se depositaban las bandejas con los alimentos. Era necesario estar muy mal para que aquella bruja permitiese que algún compañero te acercase algo del desayuno a la cama.

Me operó el Capitán Castaños, un cirujano con buena fama y extrañamente amable para estar en aquel entorno. Eso, sin duda, contribuyó a hacer más llevadero mi paso por el hospital. Como le había comentado que yo era carpintero me pidió que, cuando me encontrase bien para hacerlo, le colocase una cortina y unas estanterías en su despacho. Después de hacerlo me dijo que si no quería el alta él no me la daría hasta que se lo pidiese. Podía estar así, en el  hospital, para salir con el tiempo justo de jurar bandera e irme para casa. En esa situación estaban varios compañeros que hacían de improvisados enfermeros y dependían directamente de lo que tuviese a bien ordenar Sor Luisa.
El ambiente del hospital me deprimía aun más que el del campamento y dos semanas en aquel lugar fueron suficientes para reponerme de la operación y mentalizarme de que una vez superado aquel mal trance, ni los militares , ni el ejército iban a poder conmigo. Por ello, agradecí su oferta al Capitán Castaños y le pedí que me diese el alta para poder jurar bandera con mis compañeros de reemplazo.

Siempre he pensado que cuando las cosas vienen mal, tarde o temprano, han de ir a mejor y también en aquella ocasión esa regla se confirmó:
Recuerdo con cariño y mucho agradecimiento a Isabel, una joven tinerfeña que, durante ocho o nueve días,  contribuyó a hacer más llevaderas aquellas tardes de hospital. Era hermana de un compañero canario ingresado en la misma sala, unos días después que yo, y desde que lo visitó por primera vez se interesó por mi estado y fue un bálsamo para mitigar la soledad que me embargaba en aquellos momentos.
Isabel sentía mucha curiosidad, después descubriría que eso era algo bastante común, sobre todo en las mujeres isleñas, por saber cosas de la España peninsular y se pasaba el tiempo conversando conmigo, cosa que yo agradecía profundamente. Ninguna tarde se olvidaba de traer para mí también,  como hacía con su hermano, algún zumo o galletas pero lo mejor de todo era, que estando tan lejos de casa y de mis seres queridos, había alguien que venía a verme como si formase parte de su familia. Ella fue, puede decirse así, mi hada madrina y con su dulce sonrisa trajo la luz  a  aquellos negros días de hospital.

Una mañana, sin previo aviso, me dieron el alta y me trasladaran de nuevo a Hoya Fría sin que pudiese despedirme de ella (tampoco de su hermano al que le estaban realizando unas pruebas) y agradecerle las atenciones que tuvo conmigo. Nunca más volví a saber nada de ella pero siempre he mantenido vivo el recuerdo  de aquella muchacha canaria que en tan pocos días dejó en mí una profunda huella.

Ciertamente la oscuridad, que acompaña al tiempo en que la enfermedad nos acecha, es ahuyentada por esas Blancas Sonrisas que también viven en los hospitales.

viernes, 12 de octubre de 2012

LIBRO DE VIAJE POR LOS RECUERDOS 10ª ENTREGA DE MIS PAISAJES



De Carnoedo a la Coruña se puede ir por carreteras interiores o bordeando la costa. A mi, siempre que puedo ir sin prisas, me gusta no separarme del mar. El primer tramo de carretera atraviesa unos montes en el término de Veige y tiene acceso a varias calas en las que se puede disfrutar del mar en un privilegiado entorno.
Enseguida, pasado Veige, llegamos a Lorbé. Con el nombre de está aldea se comercializan todos los mejillones que se crían en las bateas de esa parte de la ría; desde el mismo Lorbé hasta las cercanías de Fontán. Éste apetitoso molusco se puede consumir, preparado en las más diversas recetas, en uno de los restaurantes de la localidad, el cual debe su fama, precisamente, al mejillón.

Mera saluda al mar con sus dos faros, construcciones sin ningún encanto, hechas para llevar a cabo la labor encomendada sin ninguna otra pretensión. Aun así, conviene llegarse hasta ellos y disfrutar del paisaje.

Vistas desde uno de los Faros de Mera con los toxos en primer plano




La zona que rodea a los faros tiene pequeños acantilados donde rompen las olas. Al final de la primavera y principio del verano las flores de los toxos (Los toxos son unos arbustos muy abundantes en Galicia. Su flor es utilizada para fabricar un licor de alta graduación y el tallo servía de lecho a los animales y descompuesto se usaba como abono en las tierras de labor), en todo su esplendor, tiñen aquellos campos de un amarillo intenso; si además tenemos la suerte de disfrutar de uno de esos días claros, en que el cielo está limpio de nubes y presta su azul a ese mar en que pasean los veleros, estaremos contemplando un cuadro que bien podrían haber pintado, pincel a pincel, Sorolla y Van Gog.
Casi tocando al mar, aproximadamente a unos cien metros del mismo, existe una laguna que no siempre tuvo la atención que merecía. Afortunadamente tampoco nadie opto, como ha ocurrido en otros lugares, por desecarla. Actualmente, adecentado su entorno, se ha convertido en una zona de ocio para los lugareños o los muchos foráneos que visitan Mera.

Majestuosos cisnes y algunos patos comparten el espacio para regocijo de grandes y pequeños.

Lagoa de Mera
Visité Mera en mi primer viaje a Galicia. Se celebraba la verbena de Santa Ana, la patrona, y la orquesta tocaba al lado de la capilla, junto al mar. No había pista de baile, como ahora, y se bailaba en el prado. Embelesado como estaba, con todo lo que iba descubriendo sobre aquel maravilloso país, aquella fiesta es uno de mis recuerdos favoritos.
Después de Mera, siguiendo la carretera de la costa, llegamos a Santa Cruz. Otro rincón lleno de encanto con su castillo construido en un islote a pocos metros de la costa. En él, según me han contado (confieso que no lo he verificado porque me parece bien la idea de que así fuese), vivió la insigne escritora gallega Doña Emilia Pardo  Bazán.

Castillo de Santa Cruz
El acceso a este castillo se realizaba, tradicionalmente en barca aunque, cuando la marea está en su punto más bajo, se puede llegar hasta él a pie. No hace mucho tiempo se construyó un puente que permite ir hasta el castillo sean cuales sean las condiciones de la mar. Se han eliminado, de paso, esas barreras naturales que impedían el acceso a personas con discapacidad.
Desde los jardines y murallas de esta fortaleza la vista de la ría es esplendida; proporciona toda la belleza y calma que un escritor puede necesitar para plasmar en los libros las más sugerentes historias. Quizás fuese, éste, el caso de Doña Emilia.
Dejando atrás Santa Cruz, bordeamos la extensa playa de Bastiagueiro. A ella acuden en masa los coruñeses para combatir los rigores veraniegos, bañándose en unas aguas que en algunos casos, por el oleaje y las corrientes, suelen resultar traicioneras para nadadores poco avezados.
Antes de enfilar el puente del Pasaje y entrar en La Coruña queda a la derecha Santa Cristina, una de las zonas de ocio del fin de semana coruñés. Su playa (foto que encabeza estas páginas dedicadas a Galicia), sembrada de pinos, más o menos extensa según el capricho de la marea, es una delicia para disfrutar del baño. Ya sea paseando o contemplada desde el tren o el automóvil esta imagen es un regalo para los ojos de quien la mira.

La Coruña, esa ciudad donde según su lema nadie es forastero, se ofrece al visitante llena de atractivos, pero no voy a hacer una descripción minuciosa de la misma. Eso se puede encontrar en cualquiera de las guías editadas con ese fin. Me limitaré por tanto a repasar alguno de los lugares que tienen más significado para mí.
El acceso, por las Avenidas del Pasaje y la del Ejército, nos lleva hasta el puerto de la ciudad. Barcos de todo tipo dan vida a este recinto, en el que podemos encontrar, desde la flota pesquera que faena en el Gran Sol cerca de las costas de Irlanda y la Gran Bretaña, a grandes buques de la marina mercante o los cruceros que llevan pasajeros de un lugar a otro del mundo. Los muelles de las embarcaciones recreativas y deportivas se sitúan a continuación.

Veleros en el Puerto de A Coruña
He paseado en muchas ocasiones por ese puerto pero si tengo que quedarme con unas imágenes, como referencia, lo haría con las de la descarga de los barcos pesqueros y la posterior subasta. Es un espectáculo ver la gran diversidad de pescados que salen de sus bodegas; los hay de todos los tamaños y aspectos, especies que yo no conocía pero que las personas que pujan en la subasta acaban llevándose a los mercados y restaurantes de la ciudad. Curiosa manera de comprar y vender que solo entienden los implicados en el negocio.
Paralelos al puerto, están ubicados los jardines de Méndez Núñez. Cualquier época del año es buena para pasear por ellos, pero es con el calor veraniego cuando más se agradece el frescor y la sombra de esa grande y variada arboleda.

Dña Emilia Pardo Bazán
También, en ese lugar, tiene un espacio Doña Emilia Pardo de Bazán con una estatua que le rinde merecido homenaje.
Siguiendo los jardines se llega a la Dársena de La Marina. A la izquierda las típicas balconadas acristaladas y a la derecha el principio del Paseo Marítimo, uno de los legados de Paco Vázquez, posiblemente el alcalde que más ha cambiado la fisonomía de la ciudad durante su mandato. Cambios que, mejorando sustancialmente lo que había, han sabido mantener viva la esencia de La Coruña.

Bahía de San Amaro
Estos cambios de los que hablaba se reflejan en toda su magnitud en zonas como San Amaro, en los aledaños de La Torre de Hércules, y en los terrenos que circundan el viejo faro romano.
Recuerdo mi primera visita a la Torre en el año 1975 y la diferencia, de entonces a ahora, es abismal. Su aspecto exterior parece otro, aunque sólo se le hayan hecho ligeros retoques, pero lo que realmente le da una nueva imagen es el campo que la rodea.

Desde el faro hasta San Amaro, en lo que era una zona totalmente degradada, se ha creado el parque de las esculturas que vienen a ser un testimonio de épocas pasadas.
En lo que amenazaba con convertirse en un basurero se han puesto bancos y limpiado y acondicionado el terreno. Ese entorno invita al paseo o a sentarse para contemplar las hermosas vistas. Por un lado el océano, por otro la Ría de La Coruña, más allá, en la boca de la Ría de Betánzos, La Marola (ese islote del que se dice que quien pasó La Marola pasó la mar toda), algo más lejos la entrada a la Ría de Ferrol. En fin, un paisaje que incita a soñar a los más despiertos y al que he dedicado una de mis poesías que transcribo a continuación:

Torre de Hercules

Torre de Hércules
viejo faro romano,
tumba de Gerión,
vigía frente al océano.
La rodean verdes prados
con margaritas y amapolas,
junto a ella, en los acantilados,     
llegan y rompen las olas.
Los barcos que van a puerto
saludan al pasar,
vienen de mar abierto,
cansados de navegar.
Las gaviotas desde el cielo
bajan hasta el mar,
incesantes en su vuelo
cansinas en su piar.
Niños que corretean
gritando con alegría,
gentes que sestean,
en los bancos, frente a la ría.
Jóvenes que se besan
con ardor inusitado.
Dos ancianas que los miran
diciendo si eso no será pecado.
Repartidas por los prados,
imágenes de piedra,
recuerdan el pasado
rememorando antiguas guerras.
Paisajes de primavera

de una ciudad que quiero,
A Coruña marinera,
donde nadie es forastero.

Castillo de San Antón
Atrás se nos ha quedado el Castillo de San Antón. Esta fortaleza fue construida para defender la entrada de la ciudad de los ataques ingleses. Con el tiempo se ha utilizado también de prisión y actualmente es la sede del Museo Arqueológico.
Es recomendable una visita a este castillo, para ver las piezas que alberga como museo, pero sobre todo para embelesarse con el paisaje. Desde sus almenas obtendremos una panorámica inigualable del puerto y las galerías de lo quellaman la Ciudad de Cristal, más a la derecha está el mirador del Jardín de San Carlos y por el otro lado alcanzaremos a ver Mera y sus faros que, junto con la Torre de Hércules, velan por la seguridad de las embarcaciones que surcan aquellas aguas.

Jardín de San Carlos
He hablado del Jardín de San Carlos y éste bien merece otra visita. En el centro del mismo se halla el sarcófago que contiene los restos del almirante inglés Sir Jon Moore, muerto tras ser herido por los franceses en la batalla de Elviña, durante la Guerra de la Independencia. En un extremo se encuentra un palacio que alberga el Museo de Historia de La Coruña. La tranquilidad que se respira en este rincón es un bálsamo para los espíritus acelerados. Ya sosegados podremos seguir explorando la ciudad.
Lo que llaman la ciudad vieja es un entramado de calles estrechas y plazas recogidas, llenas de encanto. Mi primer paseo por ellas fue, como a mí me gusta, en un día normal sin el agobio y bullicio propio de las fiestas. Disfrutar con calma del callejeo, contemplando esas hermosas fachadas de piedra, pequeñas joyas como las iglesias de Santa María y de Santiago, hacer un alto en la Plazuela de las Bárbaras donde está el convento de la santa que le da nombre, vivir ese paisaje, es algo que no tiene precio.

Plaza de María Pita y Palacio Municipal
Irse de La Coruña sin visitar La Plaza de María Pita y el Palacio Municipal es un error imperdonable.
Conviene rendir un pequeño homenaje, aunque sea desde el recuerdo, a la heroína de la ciudad. Valiente mujer, pescadera de profesión, que guió a los coruñeses en la defensa de la ciudad contra los ingleses.
Una vez presentados nuestros respetos a tan emblemática dama visitaremos el Ayuntamiento. Este edificio, una joya en sí mismo, alberga una importante colección de relojes. El mobiliario en general y el del despacho del alcalde, en particular, nos trasladan a un tiempo en que cualquier trabajo era un arte y el artesano dejaba su impronta en lo que hacía. Pero es el Salón de Plenos lo que deja boquiabierto al visitante; si los políticos alcanzasen, en sus debates, el nivel de los artesanos que allí trabajaron, serían capaces de aportar soluciones a la mayoría de los problemas que padecen los ciudadanos.
No es, sólo, lo que he relatado hasta ahora lo que hace grande a una ciudad como La Coruña y lo que despierta mi amor por ella. Las playas del Orzán, Riazor, el Parque de Santa Margarita, sus museos, la Calle Real, el Parque de Bens, etc. son otros lugares llenos de interés que harán las delicias de cualquiera.

He procurado describir los lugares que más sensaciones me despiertan guardando para el final el Parque de San Pedro de Visma.

Puesta de sol en elParque de San Pedro
Unas antiguas baterías de costa que se han transformado en un precioso lugar de ocio. Los enormes cañones, con sus bocas selladas, son ahora cañones para la paz, una paz que se siente de manera profunda al contemplar desde ese monte una puesta de sol. Emociona contemplar, en silencio, como el astro rey se sumerge, lenta pero inexorablemente, en las aguas del océano.

Betanzos, es uno de los lugares de Galicia en los que no me importaría vivir. De hecho estuve a punto de hacerlo; pedí en primer lugar esa residencia cuando ascendí a Jefe de Estación. Luego, por tejemanejes del concurso de ascenso, me diesen la plaza en Montmeló, provincia de Barcelona.
Siempre me ha gustado esa ciudad, habitualmente tranquila, cuya paz se altera de forma puntual los días 1 y 16 que es cuando se celebra el mercado. Esos días acuden gentes de toda la comarca, unos a vender, otros a comprar y muchos atraídos por la curiosidad que generan ese tipo de eventos.

Iglesia de Sta María del Azogue
Barcas preparadas para la Fiesta de Os Caneiros

Yo la definía como la ciudad de las iglesias, hay muchas para  el tamaño de la población, y algunas muy bonitas. En la construcción de todas ellas predomina la piedra, cosa habitual en Galicia. La de Santa María con su placita y cruceiro y la de San Francisco en la que se encuentra el sepulcro del conde Fernando Pérez de Andrade son mis favoritas.
Pero la antigua Brigantium es algo más que iglesias, es una ciudad en la que se concentra todo el comercio de la zona y a la que acudíamos con regularidad, a realizar compras, en mis primeras visitas a Galicia. Es también bella; dos ríos, el Mendo y el Mandeo, vierten en ella sus aguas dando origen a la Ría de Betánzos. Aguas arriba de este último se celebran las famosas fiestas de los Caneiros en las que barcas, engalanadas de flores y guirnaldas, repletas de gente, remontan el río para celebrar una curiosa romería.
Famoso es el Globo de Betánzos. En las Fiestas Patronales de San Roque se suelta cada año un globo de papel, dicen que el mayor que se fabrica en el mundo, que viaja por el cielo de la noche gallega hasta donde el viento quiere empujarlo. En alguna ocasión, cuentan, que ha llegado hasta Portugal.
Otro de los atractivos de la localidad es El Parque del Pasatiempo que debe su construcción a los hermanos García Naveira, nativos de la villa y sus principales benefactores. En el mismo se recrean lugares de todos los continentes que los dos hermanos tuvieron oportunidad de conocer en sus viajes.
Durante décadas, ese recinto, estuvo sumido en el ostracismo hasta que el consistorio decidió rehabilitarlo. En la actualidad, aunque siguen los trabajos de restauración, está abierto de forma regular a los visitantes.
Santiago de Compostela, capital espiritual de Galicia lo es también, política y administrativa, desde la llegada de la Autonomía.
La ciudad del Apóstol recibe diariamente la visita de peregrinos de todo el mundo. En algunas fechas, como en la festividad del Patrón o cuando se celebra el Año Santo, llegan de forma tan masiva que se hace imposible caminar con tranquilidad por sus calles. Nunca me han gustado las aglomeraciones y por eso, una vez visto ese ambiente, mis visitas se producen fuera de esos días tan señalados.

Vista de La Catedral desde los jardines de La Alameda
 Alguien me decía que lo que más le había sorprendido de Galicia es que, en un día, se pueden vivir las cuatro estaciones del año. La verdad es que son muchos los días en que el clima se manifiesta de esa forma y si así lo hace, mientras visitamos Santiago de Compostela, tendremos en una sola jornada la oportunidad de vivir la ciudad en toda su esencia. Porque lejos de la fama que le dan los más agoreros no siempre llueve y en julio o agosto aguantar el sol implacable, en la Plaza del Obradoiro o haciendo cola para entrar por la Puerta Santa, es toda una heroicidad.
Me gusta Santiago y a fuerza de ir muchas veces me siento allí como en casa. Disfruto paseando por la zona monumental, viendo escaparates o engullendo un trozo de empanada. No siempre visito al Santo pero él, estoy seguro, sabe que ando cerca y me lo agradece igual. Además, así le dejo tiempo para atender a los que no son tan habituales.
Al igual que con otros lugares, no voy a describir aquí los monumentos de esa entrañable ciudad. Pero si quiero hablar, desde la emoción que a mí me producen, de algunos rincones que recomiendo visitar:
Por supuesto la Catedral; disfrutar en silencio y sin agobios de la belleza del Pórtico de la Gloria; visitar al Santo, sin  prisas, y contarle, sin que nadie lo sepa, alguna de nuestras cuitas son cosas que conviene hacer.

Callejear por los alrededores, disfrutando de cada plaza y plazuela. Extasiarnos con la grandiosidad de la Plaza del Obradoiro y los edificios que se asoman a ella: Catedral, Palacio de Raxoi, Hostal de los Reyes Católicos, Pazo de Xelmirez; muy cerca, en la Plaza de la Inmaculada el Convento de San Martiño y al principio de la Rúa del Franco el Palacio de Fonseca. Siguiendo por esa calle llegaremos al Parque de La Alameda, un remanso de paz para solaz de cuerpo y mente. Desde ese lugar hay unas vistas de la Catedral que hacen las delicias de cualquier buen aficionado a la fotografía.

Vista del Hostal de los Reyes Católicos desde la escalinata de la Catedral.
Un recuerdo imborrable que tengo de la capital gallega fue una visita nocturna, en la vigilia del Apóstol. Recién estrenada la Autonomía pude escuchar, por primera vez para mi, como los miles y miles de gallegos que abarrotaban la Plaza del Obradoiro entonaban con entusiasmo el Himno Gallego. En una tierra donde el franquismo había menospreciado, de forma sistemática, sus signos de identidad esa manifestación de fervor galaico despertaba lo más
profundo de los sentimientos. 

Ría de Ferrol con la ciudad al fondo
Si vistamos Galicia con tiempo suficiente podremos llegarnos a otros lugares de su geografía que no nos dejaran indiferentes:
Ferrol, ciudad marinera donde las haya, con los castillos de La Palma y San Felipe custodiando la entrada a su puerto.
Muy cerca Doniños, lago, playa y dunas.
Siguiendo la escarpada costa otra laguna, la de Valdoviño, y preciosas rías como la de Cedeira, Ortigueira, Viveiro y, hasta llegar a Ribadeo, el maravilloso paisaje de la Mariña lucense con un grandioso colofón como La Playa de las Catedrales.
Desde Malpica a Muros nos espera la llamada Costa de la Muerte, trágica y hermosa, con poblaciones como Laxe o Camariñas (famosa por sus encajes). También están en este itinerario el Faro de Fisterra, durante mucho tiempo el fin del mundo conocido como su nombre indica, y lugares de peregrinación como el Santuario de la Virgen de la Barca en la localidad de Muxía.

A partir de Noya la costa se suaviza dando origen a las denominadas Rias Bajas. Clima más benigno y paisajes de inconmensurable belleza. 

Playa de Samil en Vigo
Vigo con la playa de Samil, Parque de Castrelos y la Virgen de la Guía.
Pontevedra, con el Museo, su Casco Antiguo y su Virgen Peregrina.

Lugo, con sus Murallas, el Parque de Rosalía y el Miño que pasa acariciando la ciudad.

Lugo, Muralla y Catedral
Orense, con su Puente Romano, la Catedral y las fuentes termales de Las Burgas.
Eso y mil rincones más. Podría seguir llenando páginas y más páginas, hablando de Galicia, pero eso sería salirme de las pautas que me marqué cuando empecé a escribir este libro.

Me ciño por ello a lo que me es más cercano, física y emocionalmente. Galicia, en su conjunto, es el más hermoso de los paisajes y poder vivirlo, la más bella de las emociones: 

GALICIA

Se acelera mí corazón,
te siento como una caricia
rebosante de ilusión,
me acerco a ti: Galicia.
Esa tierra tan bella,
con sus montes, valles y rías;
es como una doncella,
es toda ella, poesía.
A Coruña: Plaza de María Pita;
Torre de Hércules, faro marinero.
Aunque estés de visita,
en esa ciudad, nunca serás forastero.
Dársena de la Marina,
Ciudad de Cristal,
más allá, Santa Cristina;
Jardines de Méndez Núñez y la calle Real.
Un recuerdo a lo más cercano,
Lorbé, Oleiros y Mera.
Aunque quedan más a mano,
Carnoedo y La Pedreira.
Cantan los de Milladoiro
a Santiago y a su Catedral,
en la Plaza del Obradoiro,
conjunto monumental.
En Lugo y sus murallas,
ciudad que el Miño baña,
pelearon en mil batallas
celtas, romanos y “María Castaña”.
Pontevedra en otra esquina
nos llama la atención.
Allí a La Virgen Peregrina
la quieren con devoción.
En Vigo está Samíl y su playa.
y para ver la esplendida Ría
nada mejor que subir la atalaya
que nos brinda la Virgen de Guía.
Orense y su Puente Romano,
La Catedral y sus arrabales
y, muy cerca, muy a mano,
Las Burgas, fuentes termales.
Galicia, campesina y marinera,
a tus pueblos y a tus gentes,
por muy lejos que estuviera
siempre los tendría presentes.

Nota:
María la Castañeira, fue una heroína lucense que se
enfrentó al poder eclesiástico en el siglo XIV. El
pueblo ha conservado su memoria haciendo habitual

la frase: “En los tiempos de Mari Castaña…”