lunes, 24 de septiembre de 2012

LIBRO DE VIAJE POR LOS RECUERDOS 9ª ENTREGA DE MIS PAISAJES



Desde Barcelona a La Coruña habíamos empleado algo más de veintiséis horas de viaje. He de decir, no obstante, que cualquier penalidad derivada de las pocas comodidades que ofrecía el tren me parecía una nimiedad ante el júbilo de encontrarme allí. 

Estación de A Coruña
Bajamos del tren cansados por el largo viaje. En la estación nos esperaban mis cuñados para llevarnos hasta Carnoedo, la aldea donde vivía la familia de Elena. El recorrido, esta vez en coche por una estrecha carretera local, no hizo más que acrecentar mi admiración por aquella región que empezaba a descubrir.
Carnoedo es una aldea de unos 800 habitantes. Tiene un centro urbano donde se agrupan la mayoría de las casas y otros núcleos, menos poblados, con casas rodeadas de terreno dedicado a fines agrícolas.
La confirmación de que realmente, entre Galicia y yo, se iniciaba un idilio sin final vendría con la llegada a La Pedreira, la zona de Carnoedo donde nació mi esposa.

Iglesia de San Andrés de Carnoedo
Una imagen, dicen, vale más que mil palabras y eso es lo que sentí yo cuando, después de bajar por una pronunciada pendiente, puede
contemplar el maravilloso paisaje de la Ría de Betánzos.
A la derecha apareció una pequeña iglesia a la que hace grande y bella el entorno que la cobija.
Muy cerca de esta capilla, en la parte trasera, como suele ser habitual en los pueblos y aldeas gallegas, el cementerio y de fondo el mar, el mar y…la otra orilla. El éxtasis, ante la mezcla de luz, color y aromas, de que hablaba en páginas anteriores.  

Ría de Betanzos, al fondo la entrada de la Ría de Ares
La casa familiar donde vivía Consuelo, la tía soltera que había criado a Elena y su hermana Berta, cuando las dos niñas quedaron huérfanas, me recordó escenas de mi niñez en Cehegín.
Es una vivienda que tiene más de cien años y, aquella primera vez que estuve en ella, ofrecía pocas comodidades.
Disponía de luz eléctrica pero no de agua corriente. Un pozo artesano, hoy más ornamental que útil, proporcionaba el agua necesaria para la casa y para dar de beber a los animales. Como no había motor, la extracción del agua se hacía mediante una polea y un cubo. Aunque hubiese que utilizar la palangana para echarse el agua por encima, había cuarto de aseo, algo inusual en las casas de La Pedreira cuando el abuelo de Elena lo hizo. Tenía una pequeña bañera de asiento y un inodoro que desaguaban en el pozo negro situado en la huerta.
En la parte delantera de la casa estaban las cuadras; una vaca, y un cerdo eran sus ocupantes. En el patio trasero en unos cobertizos han estado, hasta hace muy poco, el gallinero y la cuadra de la burra. Un perro, pequeño y flaco, al que Consuelo prestaba poca atención era el último inquilino de aquella casa. Con Elena y conmigo empezó a comer como no lo había hecho nunca y no nos dejaba ni a sol ni asombra. En mi siguiente visita, este animal había desaparecido, sin que nunca llegásemos a enterarnos que había sido de él.
El suelo, alrededor de la vivienda, era de tierra y guijarros algo poco práctico pues, con lo que llueve por allí, suponía un peligro para personas y animales. Una parra rodeaba parte de la casa; según me cuentan alguna vez habían hecho vino con su uva pero, a cambio de ello, en las habitaciones situadas en el piso superior, entraban unas arañas de un tamaño nada corriente.

Casa familiar de La Pedreira
Con los años hemos ido reformando esa vivienda y hoy se parece poco a lo que fue ayer, sobre todo en su aspecto exterior. El interior, en lo que afecta a la planta baja, tiene que someterse a un cambio radical que elimine las infames escaleras que se hicieron para acceder a la planta superior.
Me he extendido un poco en la descripción de esta casa porque es muy probable que, ése, sea el lugar en que pase mis últimos días. Los cambios, a los que la hemos sometido, la han hecho más confortable sin alterar los recuerdos que su larga existencia cobijan. Por otro lado se mantienen vivas las sensaciones que experimenté la primera vez que entré en ella. Sus ventanas son las mismas desde las cuales pude ver mi primer anochecer sobre la ría. Desde entonces, cuando estoy en Galicia, mantengo esa costumbre de echar una última mirada a las luces de la “otra banda” antes de acostarme.

Cala de Lourido
Lourido; es una pequeña cala a la que, hace años, solo acudían los vecinos de La Pedreira, algunos habitantes de la aldea y los pescadores que tenían allí ancladas sus barcas.
Con el tiempo y la curiosidad humana, que lleva a la gente a buscar los rincones más recónditos, este lugar recibe más visitas de foráneos que de residentes. Afortunadamente eso sucede en los tres meses de verano y después Lourido y el resto de calas: Armenteiro, Los Lobos, Arnela, etc. recuperan la calma que les es propia.
Lourido era, se puede afirmar que aun lo es, una cala de una belleza primitiva. Aguas nítidas y frías en las que se refleja, cuando el sol luce en todo su esplendor, el azul intenso del cielo; o las aguas se vuelven grises, del mismo color de las nubes, cuando el cielo está encapotado.
Si la marea está baja queda una playa de arena blanca y fina en la que tenderse a tomar el sol. Cuando sube la marea desaparece la playa y entonces hay que aposentarse en las rocas que sirven, también, de improvisados trampolines para zambullirse en el agua.
Los árboles llegan hasta el mar (lastima que en Lourido casi todos sean eucaliptos) y podemos disfrutar de la hermosura del paisaje que se divisa a la otra orilla de la ria.
Miño y su playa grande, con un islote donde en un tiempo se incineró a los muertos; verdes campos sembrados de maíz y patatas; los montes cercanos a Pontedeume y la torre del castillo de los Andrade, dominando todo el paraje y sugiriendo una visita a las Fragas del Eume o al monasterio cisterciense de Caveiro; la entrada a la Ría de Pontedeume y a la Ría de Ares, Cabanas y un poco más lejos, sobresaliendo entre las ondulaciones del terreno, las grúas del puerto de la ciudad de Ferrol. Magnifico paisaje que me cautivó cuando lo conocí y al que sigo siendo fiel.

Sada, monumento a la emigración
Sada, que da nombre al Concello es el lugar donde está la  alcaldía. A su término municipal pertenecen Carnoedo, Osedo, el barrio de pescadores de Fontán, Mondego y otros pequeños núcleos urbanos que hacen grande al municipio y casi nunca recogen los mismos beneficios que la ciudad.
El Pazo de Meirás, en la aldea que le da nombre, también del Concello de Sada, fue durante la Dictadura el lugar donde veraneaba el entonces Jefe de Estado. Ni su condición de gallego, ni el ser durante una parte del año residente en aquella zona supuso ningún beneficio para la misma. Si se aprovecharían, de su afección a este personaje y a su Régimen, otras personas que, con el advenimiento de la democracia, optaron por la política. Eso les permitió participar de la especulación urbanística y amasar considerables fortunas. 
No puede decirse que Sada y su entorno no hayan mejorado desde mi primera visita. La también llamada Perla de las Mariñas, dispone de unas instalaciones portuarias de primer orden, dedicadas en su mayor parte a las embarcaciones de recreo.

Puerto de Fontán
Terrenos arrebatados al mar, se han equipado con jardines, zonas de ocio para pequeños y mayores y se ha construido un paseo marítimo por el que es una delicia caminar. Invita a ello el inigualable paisaje, naturaleza viva que mantiene su belleza desafiando el paso del tiempo, pero temerosa de lo que pueda hacer con ella la mano del hombre.
En el capitulo negativo, esa especulación urbanística de la que hablaba, que ha permitido construir un hotel en la entrada de la ciudad, limitando el acceso a la misma y al puerto, además de ser un serio peligro para la circulación de personas y vehículos.
Tampoco me parece muy afortunado el proyecto que permitió que una zona de humedales, en el sitio de Las Brañas, fuese desecada para construir un conjunto de bloques de viviendas.
Son cosas que solo tienen explicación vistas desde el bolsillo de unos cuantos políticos y empresarios con afán de riqueza. Sin ninguna duda hablando de paisajes, en este caso negativos, la corrupción y la falta de escrúpulos, son dos de los más representativos.