lunes, 10 de septiembre de 2012

LIBRO DE VIAJE POR LOS RECUERDOS 8ª ENTREGA DE MIS PAISAJES






Playa de Santa Cristina
Galicia; te seduce como una mujer y ya no puedes vivir sin ella.
 
Una foto, en un libro escolar de geografía donde se veía la imagen de una ría gallega, se quedó grabada en mi mente como si fuese una premonición de que, algún día, ese sería mi paisaje preferido.
 
Me enamoré de Galicia en mi primer viaje. Un viaje que se podría calificar de infernal si yo no fuese un avezado usuario del tren.
Salimos de la estación de Francia a las 11,00 de la mañana y debíamos de llegar a La Coruña al día siguiente a las 12,25 horas, en total más de un día de viaje que, como era habitual, se alargó en algo más de una hora.
Era un tiempo en que la puntualidad no importaba demasiado. RENFE no asumía compromisos de ese tipo y los viajeros estaban tan acostumbrados a los retrasos que llegar a la hora era algo tan casual como insospechado. Muy lejos estaba el ferrocarril del estado y servicios que presta en la actualidad.
Ya no remolcaba el tren una locomotora de vapor pero como la vía no estaba electrificada en todo el recorrido, tampoco lo esta actualmente, aún se hacían necesarios los cambios de maquina, eléctrica a diesel, en algunos trayectos.
No disponía el tren, en aquel primer viaje, de coches de literas ni camas. Tampoco importaba demasiado en nuestro caso (hablo de Elena, mi esposa, y de mi) porque nuestras posibilidades económicas
, entonces, no eran muchas. Así que nos acomodamos, es un decir, en uno de los coches de 2ª Clase con el ánimo de que aquella experiencia fuese lo más liviana posible.
He podido comprobar, a lo largo de mis viajes, que los paisajes que se ven desde el tren van cambiando de una forma invariable. Las nuevas infraestructuras, el paso del tiempo que provoca cambios en la naturaleza y hasta los diferentes tipos de tren invitan a ver las cosas de otra manera.
El recorrido hasta San Vicente de Calders me era muy familiar pues en mis viajes a Cehegín había pasado por allí en infinidad de ocasiones. En esta  estación  el tren de La Coruña, conocido popularmente como “Gallego” o “Shangai”, se desviaba hacía Lérida y Zaragoza para seguir hasta su destino.

Entre la costa de Garraf y Sitges, las ventanillas del lado mar disfrutaban de ocupación completa. Los curiosos, en su mayoría hombres, se afanaban en observar como, en las recónditas calas, los bañistas totalmente desnudos disfrutaban del mar.
Eso levantaba los más diversos comentarios, sin que dejasen por ello, de seguir prestando la debida atención al espectáculo. Eran tiempos de una tenue apertura política y aquellas playas nudistas daban fe de ello.
A partir de San Vicente de Calders el terreno era toda una novedad para mí. Pinos, olivares, almendros y avellaneros adornaban el paisaje. La primera parada que tenía el tren era Valls. Importante población agrícola, capital de la comarca tarraconense del Alt Camp, famosa además por ser la sede de importantes Colles Castelleras dedicadas a la construcción de torres humanas.
Hasta Lérida el paisaje se sucedía sin grandes variaciones. La llegada a la capital ilerdense venía anunciada por la presencia de Río Segre, principal afluente del Ebro y la imagen del Castillo de la Suda recortándose en el horizonte.


Campanario de la Seo  y recinto del Castillo de la Suda
Estábamos, como quien, dice en el principio del viaje y el calor era insoportable. El skay, con el que estaban tapizados los asientos ardía y todos los pasajeros íbamos bañados en sudor. Eso hacía necesario que las ventanillas fuesen bajadas con lo que, si bien el ambiente se refrescaba y el olor a humanidad se notaba menos, por ellas entraban cantidad de moscas y otros insectos.
Con ese panorama, quien más y quien menos, esperaba ansioso que el sol se ocultase dando paso a la noche.
Zaragoza era la siguiente capital de provincia en la que el tren tenía parada y donde se efectuaba el primer cambio de locomotora.


 Las torres de la Basílica del Pilar nos saludaban desde un poco antes de llegar y también el Ebro, que yo conocía de  verlo en Tortosa, había aparecido. A partir de la ciudad maña, el gran río, sería nuestro compañero de viaje por tierras aragonesas, navarras, riojanas y burgalesas. Su ribera estaba cuajada de fértiles huertas y viñedos, un paisaje que me era entonces desconocido que encontré ameno y gratificante.
Cuando llegamos a Burgos ya hacía rato que había caído la noche y la temperatura era muy diferente. Como es habitual, en las tierras de Castilla, la ausencia del sol refresca el ambiente de tal forma que el contraste con el día es muy acusado. No imaginaba entonces que unos años más tarde tendría la oportunidad de conocer y disfrutar a fondo del clima castellano.
Con el exterior del tren envuelto en la oscuridad de la noche se hacía difícil seguir contemplando el paisaje por lo que después de cenar, de forma abundante (el tren siempre me ha despertado el apetito), nos dispusimos a echar una cabezada.

 A pesar del cansancio, fue prácticamente imposible dormir de forma continuada y, en cuanto el día empezó a despuntar, me dedique de nuevo a observar aquellas tierras que atravesaba el tren.
En León ya era de día y eso me dio la oportunidad de ver como, poco después, el terreno cambiaba y los páramos castellanos daban paso a las montañas y a una abundante vegetación.
Yo siempre he definido a Galicia como una mezcla única de imágenes, colores y aromas. En aquel primer viaje en tren, en los sucesivos y también por carretera, cuando paso de Astorga, empiezo a intuir que el paraíso está cerca. Aquello aún no es Galicia pero empieza a parecerse.
La llegada a Astorga me recordó mucho los viajes de mi niñez y la estación de Albacete. En la capital manchega eran los vendedores de navajas los que subían al tren ofertando su mercancía y aquí eran los vendedores de mantecadas y hojaldres (fabulosos productos, incluso para los que son poco golosos) los que endulzaban la mañana a los sufridos viajeros.
Dejamos Astorga, la capital de la Maragatería, cuna de los carreteros que desde la Meseta llevaban y traían mercancías a Galicia y la cornisa Cantábrica y llegamos a Ponferrada, la ciudad de los templarios. Su castillo aun permanece erguido y ha sido remozado en recuerdo de aquellos caballeros, guerreros y eruditos, que marcaron toda una época.


Rio Sil
Pronto encontramos al Síl, ese afluente con vocación de río principal. Ya lo dice el refrán “El Síl lleva el agua y el Miño la fama”. Hasta Quiroga, en la zona de la Ribeira Sacra, el tren bordea en muchos tramos el cauce de éste río, proporcionando unas vistas de extraordinaria belleza. A pesar de mis muchos viajes, volver a contemplar ese paisaje, sigue embriagándome como la primera vez.
Monforte de Lemos era un núcleo ferroviario de primer orden. En esa estación se bifurca la vía, por un lado para Orense y Vigo y por otro para La Coruña. Por ese motivo, y porque el trayecto hasta La Coruña permanece aun sin electrificar, del tren se segregaban los coches de Orense y Vigo y la rama de La Coruña seguía viaje con una locomotora diesel.
Estas operaciones que se siguen realizando en la actualidad, aunque ahora el protagonista sea un moderno tren hotel que ofrece todas las comodidades imaginables, daban lugar a una parada de 25 minutos. El ansia de estirar un poco las piernas y mi curiosidad por todo lo ferroviario, hizo que me apease del tren y con ello descubriese un bar en la plazuela de la estación. En el mismo, para acompañar la bebida, te ponían unos callos con garbanzos insuperables. Muchas son las veces que he repetido visita a ese establecimiento.
En el aspecto ferroviario la estación de Monforte de Lemos era un centro lleno de actividad. Al movimiento de viajeros había que añadir las vías llenas de vagones destinados al tráfico de mercancías y en el andén los carros cargados de paquetería esperaban ser cargados en los trenes de viajeros para ser llevados a sus destinos. Con el paso de los años, y la transformación a la que se ha sometido al ferrocarril, muchas de estas actividades han quedado en el olvido. Monforte de Lemos rinde homenaje, al ayer del ferrocarril, con un pequeño museo situado en un antiguo muelle de la estación.
Una vieja maquina de vapor y coches de viajeros en desuso, totalmente rehabilitados, se utilizan por los aficionados al ferrocarril de esa zona para rememorar viajes de otra época.
Cuando el tren reanudó su marcha, saliendo de Monforte de Lemos con destino a La Coruña, empecé a disfrutar de verdad del paisaje gallego.
Embobado miraba aquellos campos pintados de un verdor para mi desconocido y salpicados de unas plantas de un amarillo intenso que nunca había visto. Casas dispersas rematadas con tejados de todos los estilos: de pizarra, de teja y de Uralita, humo saliendo de las chimeneas y vacas paciendo en aquellos hermosos prados. 




En la estación de Sarria un grupo de peregrinos se apearon para iniciar, desde allí, el Camino de Santiago. Había oído hablar mucho de esa peregrinación pero desconocía los requisitos para hacerla en la forma adecuada. Después me enteraría de que, cuando se hace a pie, en bicicleta o a caballo, se exigen un mínimo de cien kilómetros para ganar el jubileo y Sarria está en la distancia justa.
El tren seguía su marcha mientras yo no perdía detalle del paisaje. El día había amanecido con nubes que poco a poco iban desapareciendo; el sol, que iba asomando tímidamente, daba nuevas tonalidades a los campos salpicándolos de luces y sombras.
Lugo, la ciudad de las murallas y de María Castaña ( María Castaña fue una heroína lucense que se enfrentó al poder eclesiástico en los años de la Inquisición, su memoria es recordada con la dicho popular de “en tiempos de María Castaña) era la última capital de provincia por la que pasábamos antes de llegar a La Coruña.
El que el tren, además de viajeros transportase paquetería, obligaba a realizar paradas en poblaciones en las que con el tiempo dejaría de hacerlo. Rábade, Guitiríz (población famosa por las aguas y su hotel balneario) Bahamonde, Curtis y Betánzos, la ciudad de los caballeros y una de las antiguas capitales de Galicia, eran algunas de ellas.
De Lugo a Betánzos, el trazado ferroviario discurre entre el cauce de pequeños ríos y bosques. En éstos últimos se alternan pinos, castaños y eucaliptos, ese árbol foráneo quesembrado de forma masiva se ha convertido en omnipresente
en los montes gallegos. Tanto es así, que hay quien le otorga su origen en esa comunidad, cuando en realidad proviene de Australia. En mi modesta opinión su único mérito es el rápido crecimiento que lo hace útil, con prontitud, para la industria maderera. Por lo demás decir que, esta especie, contribuye de forma importante al deterioro tanto del suelo como del paisaje.
Antes de llegar a Betánzos, por un momento, atisbamos el inicio de la ría. En esa estación se bifurca la vía que va al Ferrol, ciudad que en aquellos días llevaba el añadido del Caudillo por haber nacido en ella el Dictador Franco.
Betánzos anuncia el final del viaje. El tramo de esa ciudad a La Coruña es quizás de los que más ha cambiado con los años. Donde antes había monte y bosques ahora se han construido polígonos industriales y la localidad del Burgo, ya próxima a La Coruña, se ha dotado de un maravilloso paseo que bordea toda la ría.
Aunque en mi primer viaje el escenario fuese diferente, no por eso, dejó de maravillarme. El embalse de Cecebre, con unas estupendas vistas, fue un magnifico anticipo de la emoción que sentiría al contemplar la belleza de la Ria del Burgo y la entrada de La Coruña presidida por la playa de Santa Cristina. Después una sucesión de túneles y ¡por fin! la estación de La Coruña San Cristóbal