jueves, 15 de marzo de 2012

RELATO - JULIA Y MANUEL





  
JULIA Y MANUEL

Él, que nunca había salido del pequeño pueblo almeriense, quiso el azar que al ser llamado a “servir a la patria” fuese destinado a una lejana isla de la cual nada sabía. Le dijeron que estaba en un archipiélago llamado Canarias cercano a África donde siempre era verano. Acostumbrado al tórrido sol de su tierra no fue éste, precisamente, un argumento que le animase.
De todos modos no se planteó grandes dilemas; la mili era algo que se tenía que hacer, gustase o no, y su vida en el pueblo no ofrecía tantos atractivos como para echarlo de menos. Se había quedado huérfano siendo un niño y sus tíos lo llevaron a vivir con ellos.
 
Como la gente de su época, en aquel entorno, no supo lo que era la infancia y en cuanto pudo sujetar un azadón empezó a luchar con una tierra que, ávida de agua, se alimentaba con su propio sudor y de la que obtenía escaso premio. Cuando no estaba cavando su tiempo lo ocupaban las ovejas y las cabras que, con la casa en la que vivían y las tierras que trabajaban, pertenecían al “Señorito”.
Sin ir a la escuela aprendió cuatro letras que su tío, improvisado maestro, le enseñó. Siempre le trataron bien en una casa  donde el mayor lujo era no dormir en el suelo, aunque tuviese que compartir la pequeña habitación y los colchones, rellenos de la perfolla del maíz, con sus cuatro primos.  No podía decirse que el hambre se parase en su puerta pero, a menudo, pasaba tan cerca que Manuel, así se llama nuestro amigo, contaba con su proverbial buen humor “Cenaba con nosotros porque era  como de la familia”.
Con veintidós años y sin una novia ni padres que le esperasen marchó Manuel, más bien se lo llevaron, para Canarias. El viaje duró siete largos días en los que tuvo la oportunidad de subir, por primera vez, al tren y después a un barco que le llevarían hasta su destino en Tenerife. La experiencia resultó desoladora; “acomodados” en vagones de carga y después en las bodegas del barco, su estado físico al finalizar la travesía era patético. La alegría de haber tocado puerto -se acababa por fin el terrible vaivén del barco y los horribles mareos (eso pensaba él)- se vio truncada al contemplar el paisaje que podía verse desde el barco. Las montañas estaban completamente peladas y le recordaban a su tierra almeriense, aunque con un color más oscuro.

Cuando bajó a tierra, con el resto de futuros soldados,  le pareció que el suelo también se movía  y cuando entraba en un lugar cerrado todo le daba vueltas, como si aún estuviese navegando. Tardó varios días en superar esta sensación y algunos meses en olvidar la decepción que le supuso  su llegada a las islas. Tendría la oportunidad  de estar en varias de ellas aunque no de visitarlas  a fondo. Las maniobras militares  y las largas marchas a que les sometían fueron, al principio, las únicas salidas que se pudo permitir pero le ayudaron  a ir conociendo aquella tierra. Esto le animó y durante su estancia en Tenerife visitó parte de la isla y fue empapándose de su belleza. Manuel tuvo la suerte de disfrutar de unos lugares aún vírgenes que todavía la mano del hombre no había transformado, o deformado en algunos casos, y aprendió a quererlos. En ningún momento pudo imaginar el cambio tan brutal que iban a tener el archipiélago con el desarrollo del turismo. Claro que en aquella época nadie pensaba que las personas pudiesen dedicarse a viajar por placer.
Tras unos meses en Tenerife fue enviado a Lanzarote, en su corazón guardó para siempre recuerdos de esa isla a la que ya no volvería; su Virgen de la Candelaria el Valle d
de La Oratava, Las Cañadas del Teíde, La Laguna con sus estudiantes -¡Cuánto le habría gustado ser uno de ellos!- y aquellos pueblos tendidos en las laderas precipitándose hacia
el mar.  Todo ello muy diferente a como sería pasados unos años.
La llegada al puerto de Arrecife le pareció una experiencia ya vivida. Quizás por ello decidió no angustiarse y esperar antes de emitir un juicio sobre aquel lugar. Tras desembarcar les dijeron que su destino era Tías, una pequeña población situada en el interior, donde le sorprendió encontrar una Plaza de Toros. Algo   muy habitual en su Andalucía de origen pero, pensó, que inusual en aquellas latitudes. Pronto descubrió la mejor parte de los festejos taurinos y era que el ejército compraba  la carne de los animales sacrificados en la fiesta. No es de extrañar, por tanto, que todos los soldados se hiciesen entusiastas aficionados de las corridas de toros.
Tías fue una etapa más en su experiencia como soldado antes de recalar definitivamente en Arrecife.
En esta ciudad, capital de la isla, pasaría el último periodo de su vida militar.
Manuel era una persona inquieta con ganas de aprender y descubrir cosas nuevas. Su formación era escasa y sabedor de ello se esforzó en mejorarla; con la ayuda de compañeros más preparados fue avanzando en ese camino, lo cual le dio confianza en el trato con la gente y más adelante le sirvió para obtener un buen empleo.
La paga de soldado” no daba para mucho y la comida aparte de mala, algunas veces era más bien escasa; por ello Manuel y  otros compañeros buscaban trabajo con los agricultores de la zona. Es de esta forma como se produce el encuentro con Julia. El padre de ésta, propietario de una pequeña finca, necesitaba en ocasiones que alguien que le ayudase en los trabajos más duros. Manuel sería uno de estos ayudantes sin imaginarse entonces que ese iba a ser el contrato de su vida.
Era costumbre que las mujeres de la casa llevasen algo de comida y bebida a los hombres que estaban trabajando en el campo, para que éstos repusiesen  las fuerzas y el ánimo. Mientras su padre y Manuel daban cuenta de las viandas, Julia hablaba con éste y le pedía que le contase cosas de la Península. La muchacha sentía gran curiosidad por saber como era la España del continente y su gran anhelo era visitarla algún día. No era mucho lo que Manuel podía descubrirle pues la primera vez que viajó fue, precisamente, para ir a Canarias. Así que lo que hacía era contarle a ella, lo que él conocía solo de oídas. 
Le explicaba que no lejos de su pueblo había una ciudad llena de belleza y embrujo que se llama Granada; le hablaba
de tierras que él veía desde el tren camino de Algeciras, donde embarcó, en las que los olivares no parecían tener fin; de grandes montañas llenas de verdor, de la nieve que había visto en alguna ocasión, tan blanca y tan fría. También le contaba las noticias que le llegaban de Barcelona, una provincia a la que la gente de su pueblo y de los alrededores emigraba, buscando una vida mejor. Así lo habían hecho sus cuatro primos, compañeros de habitación, que se fueron a conseguir unos ahorros y acabaron quedándose para siempre.
Manuel, que fuera de su terruño natal no había vivido más que aquella tierra canaria, conforme pasaba el tiempo se iba sintiendo más aclimatado a la misma e iba descubriendo nuevas  y poderosas razones para quedarse en ella.
Aquella era una isla, por lo diferente, preciosa. Casi toda ella estaba cubierta de lava, expulsada por sus numerosos volcanes. Éstos, a lo largo de la historia, han aterrorizado con sus erupciones a los lugareños, sepultando el ardiente liquido todo lo que encontraba a su paso, dando forma a un paisaje hermoso  y sobrecogedor:
Los Hervideros, donde la lava al solidificarse en el contacto con el agua del mar ha formado una especie de sifones por los que éste ruge con furia y unos arcos semejantes a los de la Playa de Las Catedrales en Lugo.
El Golfo, laguna situada junto al mar donde el agua adquiere un tono verde esmeralda. En el norte de la isla, grutas naturales como La Cueva de Los Verdes, refugio de los nativos ante las incursiones de los piratas y de los diferentes conquistadores que asaltaron la isla; en esta cueva existe hoy en día un magnifico Auditorio, celebre por su excepcional acústica. Cercana a esta gruta otra cueva, Los Jameos del agua, dotada de una gran belleza. 
Foto cedida por Loli Martinez

Desde El Mirador del Río en los acantilados del norte se divisa La Graciosa, pequeña isla a la cual su nombre describe perfectamente. En contraste con la negritud del terreno, el pueblo de Haría con sus palmeras forma un maravilloso vergel y al igual que  Yaiza, recuerda a cualquiera de esos pueblos blancos africanos. Sus mujeres tejen   preciosos encajes, para  embellecer sus ajuares,
que con el tiempo se han convertido en un reclamo para los visitantes. Teguise, antigua capital de la isla, villa sencilla y majestuosa. 
Todos esos lugares evolucionados en eltiempo por la mano y el cariño del lanzaroteño Cesar Manrique cautivaron, en su estado primitivo, a Manuel. Pero, por encima de toda esa belleza, el verdadero motivo de que hiciera suya aquella tierra era Julia que lo tenía hechizado y a quien años más tarde dedicaría estos versos:

En el jardín de Canarias,
un día, encontré una rosa
y a la Virgen Candelaria,
se la pedí por esposa.
Me metí a jardinero
para cuidar esa flor;
la mimé con esmero,
dándole todo mi amor.
Virgencita querida,
hoy, te vengo a rezar
porque se apaga su vida
y no lo puedo evitar.
Llora mi corazón
llora por tanto sufrimiento.
Devuélveme la ilusión;
escucha mi lamento.
Fiestas patronales de San Ginés; Manuel va a buscar a Julia para ir a la verbena. Hace meses que salen, han recorrido la isla extasiándose  con cada rincón, disfrutan intensamente de su mutua compañía pero  nunca han hablado de ello. Cuando Manuel llama a la puerta le abre Ana, la madre de Julia. Él se queda fuera, no es premeditado, pero se alegra de haberlo hecho. Sale Julia y es como una aparición; un ángel. Su esplendida figura, enfundada en un vestido blanco, con un chal sobre sus hombros morenos; su larga melena; ese hermoso rostro con rasgos tan típicos en la mujer canaria que la hacen tan bella. Manuel queda embelesado; caminan muy juntos pero sin tocarse, la conversación, tan habitual, hoy no existe. Parecen querer escuchar el latido de sus corazones y así, en silencio, llegan al baile. Hay luna llena y en el Paseo Marítimo, frente al Castillo de San Gabriel, toca la orquesta. En la quieta agua del mar, se reflejan las luces del paseo, los focos del Castillo y en los ojos de Julia todo ello. Son negros, brillantes; dos luceros. Manuel se pierde en ellos, están bailando o quizás no; sólo saben que están juntos. No oyen la música, no saben si la orquesta termina de tocar ni si empieza una nueva canción; sólo saben que están juntos. Un beso; el primer beso que les unirá para siempre. Una hermosa noche, preludio de una unión que traerá años de felicidad.
Julia y Manuel se casaron pocos meses después de que él acabase con sus obligaciones militares. Lo hicieron en la Iglesia de San Ginés rodeados de los familiares de ella y  alguno de los compañeros que Manuel tuvo en el ejército.
Manuel consiguió un empleo en una de las pocas empresas que había en esa época en Arrecife  y lo compaginaba con el cuidado de las tierras de la familia de Julia. Todo era felicidad en la vida de los recién casados, hasta que un día la joven esposa enfermó.
Los días pasaban y Manuel veía como aquella mujer, a la que veneraba, se iba consumiendo con la enfermedad.
Sentado al lado de la cama, en la que estaba su esposa,
la contemplaba y sentía romperse su corazón. Curiosamente era ella quien le consolaba y le animaba como si el enfermo fuese él.
Un buen día, nadie sabe bien como, sucedió el milagro y Julia empezó a mejorar. Poco a poco la enfermedad quedó atrás y la vida de la pareja volvió a la normalidad.
Un año después de su enfermedad, Julia, se quedó embarazada y tuvieron  a su primera hija a la que llamarían María y dos años más tarde nacería Julia, la segunda.
Manuel no podía imaginar felicidad mayor que la de estar rodeado de su familia. Al igual que su madre, cuando la conoció, las dos niñas tan pronto aprendieron a hablar no cesaban de hacerle preguntas sobre la península.
Su padre se sentaba con ellas en el porche de la casa y más que explicarles empezó a soñar, con ellas, en volver  al continente y visitar aquellos lugares que sólo conocía de oídas. Cuando la añoranza era muy grande Manuel miraba a Julia y ésta desaparecía por completo. Nada había en el mundo que le importase más que ella.  

Julia, es un prodigio de mujer que, siempre con la sonrisa en los labios, ha dedicado su vida a buscar la felicidad de su familia. Una sonrisa tan bella y dulce como los paisajes de su tierra canaria. 


 Matías Ortega Carmona

Gracias a Quique Castillo y Loli A Martinez por permitirme utilizar sus fotografías para este relato.