sábado, 26 de mayo de 2012

NOVELA- EL MILAGRO DE PUERTO COLOMBIA ÚLTIMA ENTREGA


He vuelto, como cada 15 de julio, al Santuario de la Virgen del Carmen. Durante los oficios religiosos, los ojos de la Patrona y los míos se han encontrado en muchos momentos. En algún instante he creído ver que me sonreía y eso ha aliviado mi melancolía (“Según te mire la Virgen, así te irán las cosas”).
La misa ha terminado y la imagen, a hombros de los fieles, ha iniciado el camino hacia el Monte Carmelo. Yo espero a que la iglesia quede desierta para abandonarla.
Desde  la puerta, un hombre con el cabello cano, me sonríe. Se trata de Raúl, unos años mayor que yo y al que conozco desde siempre. Fue el encargado del pequeño astillero de mi padre y estuvo con él hasta que cerró el negocio. Es un hombre cabal que siempre me ofreció amistad y respeto. Estuvo casado, aunque tuvo un matrimonio poco feliz. Su mujer, Flor, más dada a rumbear que a llevar una casa, lo abandonó a los pocos años de estar casados, según decía, por su carácter serio y poco ambicioso. Durante unos  carnavales, Flor, conoció a un empresario de Medellín y se fue con él. Cuentan que cuando a éste se le pasó el capricho la echó de casa y que la mujer había recalado en Cartagena de Indias donde se dedicaba a la prostitución.
Quizás porque no llegó a ser padre, Raúl siempre trató a mi hijo como si fuese el que él no tuvo. Jugaba con él, le regalaba juguetes y le gustaba estar al tanto de cómo progresaba en sus estudios.
Nunca me ha insinuado nada pero yo se que está enamorado de mi. Desde que mi hijo empezó en la Universidad hemos salido juntos a menudo. En alguna ocasión hemos ido a merendar al Balneario de Sabanilla en el cual ya no estaba su antiguo director, Santiago, que dejó el empleo para cumplir su sueño de conseguir otras metas en España.
No sé lo que nos deparará el destino  (quizás deba volver a mirar los ojos de la Virgen para saber sobre ello) pero Raúl y yo nos encontramos bien juntos y, aunque los dos sabemos que nunca le querré de la misma forma que él me quiere a mí, no descarto pasar la última etapa de mi vida en su compañía.


La hegemonía de que en otro tiempo disfrutó  Puerto Colombia, en el tráfico marítimo de la zona, se ha ido perdiendo en favor de Barranquilla. Las obras de ampliación en el puerto de la capital van desviado hacia él toda la actividad portuaria.
El que en su día llenó de orgullo a los porteños, por ser el muelle más largo de Suramérica, languidece falto de movimiento. Las humeantes locomotoras que circulaban por él, buscando el mar, ya son solamente un recuerdo y los pabellones que antaño albergaban las mercancías presentan en muchos casos un aspecto ruinoso y fantasmagórico.
El tren  que unía Puerto Colombia y Barranquilla es ya historia como lo es, tristemente, el ferrocarril en Colombia.
Pero los porteños somos como el Ave Fénix, sabemos sufrir y renacer de nuestras cenizas. Sentimos y amamos la vida y algunas veces, como es mi caso, pagamos por ello. Pero quizás por eso también, vivimos historias como la que les acabo de contar y disfrutamos intensamente de lo que tenemos en cada momento.

Me llamo Yanira,  mujer, amante y madre; he vivido el milagro de conocer y disfrutar de algo tan bello como es el amor.
Nací y resido en Puerto Colombia, lugar que también tuvo su propio milagro con unos años de gran auge económico. Una imagen religiosa, olvidada en la penumbra de un almacén, vio la luz coincidiendo con los mejores momentos de la ciudad. Los porteños hicieron de ella su patrona y olvidan cualquier pena cuando se trata de festejar  a su Virgen del Carmen.

“Según te mire la Virgen, así te irán las cosas”

Yo estoy segura que la Virgen nos mirará bien y velará por el futuro de Puerto Colombia y ¿cómo no? también por el mío.



Matías Ortega Carmona