viernes, 16 de marzo de 2012

NOVELA - EL MILAGRO DE PUERTO COLOMBIA 2ª ENTREGA


Puerto Colombia era una caldera en ebullición ya que, además de  los eventos previstos para la inauguración, también se celebraban en esas fechas algunos de los actos más importantes del Carnaval.  Estas tradicionales fiestas están tan enraizadas en la ciudad y el ánimo de los porteños que puede afirmarse que no sabrían vivir sin ellas. Viven y apuran cada uno de los eventos mientras piensan ya en los del año siguiente.
Los actos que daban inicio al Carnaval arrancaron el domingo 16 de enero y se alargarían hasta el 8 de marzo. El desfile de los miembros de las agrupaciones y entidades que participaban en las mismas fue la primera manifestación festiva, procediéndose después a la lectura del bando y a la coronación de la Reina  del Carnaval, previamente elegida por las Autoridades Locales y los responsables de Centros Oficiales  de la ciudad.
En las siguientes semanas, los sábados, cientos de jóvenes porteñas tratarían de alcanzar el sueño de convertirse en la Reina Popular de las fiestas del Puerto.  En esta ocasión la elección la llevaría a cabo un jurado del que formarían parte representantes de las comparsas  participantes y otros miembros que serían designados por las entidades comerciales y  de hostelería.
Yanira estaba entre las más firmes candidatas a ser la Reina Popular. Se trataba de una mujer esplendida, alta, morena, con un cuerpo bien torneado y unas caderas que producían vértigo cuando se movían rumbeando o siguiendo el ritmo de la cumbia. Sabía que ser hermosa era importante pero también que eso solo no bastaba. Para ser la elegida  además de cautivar al jurado con su belleza y sus mejores galas también debía derrochar simpatía y sobre todo ser quien mejor se moviese al son de la música.
En el último año había acudido regularmente a clases de baile y huía de cualquier tentación gastronómica que pudiese alterar la esbeltez de su cuerpo. Todo  sacrificio valía la pena si con ello conseguía  ser durante unos días la más popular de las porteñas. Vivir esa experiencia sería algo inolvidable para ella pero además la haría sentirse más cerca de su madre al conseguir algo que ésta había protagonizado años atrás. Que madre e hija consiguiesen ser la figura más popular del carnaval no era algo habitual en Puerto Colombia.

Samuel Leví Guzmán había nacido en Toledo, la ciudad española llamada de las tres culturas. Hacía honor a ese dicho ya que su progenitor era judío, Teresa, su madre, española y no faltaba en la familia algún pariente con raíces agarenas.
Daniel, su padre, descendiente de aquellos judíos que en su día expulsaron de España los Reyes Católicos, había vuelto a la ciudad castellana queriendo conocer todo lo que de ella le habían contado. Recuerdos que sus antepasados habían mantenidos vivos de generación en generación.
Daniel vendió el negocio que heredo de sus padres en Tel Aviv para viajar a Toledo y una vez allí se instaló en un local de la judería en el cual retomó su profesión de comerciante.
No faltaba nada en su tienda de lo que pudiese apetecer a la multitud de turistas que diariamente visitan la capital manchega y no quieren abandonarla sin algún recuerdo de la misma. Cerámicas de la cercana Talavera, el prestigioso acero toledano en forma de dagas y espadas, cuero repujado, los más bellos damasquinados y productos de de la variada gastronomía de la región como quesos, vinos, mazapanes y ese tesoro hecho flor, en los campos de La Mancha, como es el azafrán.
Teresa Guzmán Salvatierra, una joven toledana aficionada al arte y la historia, trabajaba como guía turística mostrando a los visitantes la belleza y secretos de su ciudad. Un día que acompañaba a un grupo de turistas por las calles de la Judería coincidió que éstos escogieron la tienda de Daniel para comprar sus recuerdos. Mientras los turistas miraban y decidían lo que querían comprar, la guía y el comerciante entablaron una animada charla. A partir de entonces las visitas con los grupos se hicieron frecuentes. Teresa y Daniel simpatizaron rápidamente  y en poco tiempo esa amistad se convirtió en un amor que los llevó al matrimonio.
Samuel creció en un ambiente acomodado, heredó de sus padres el gusto por el arte y la historia y recorriendo las calles de Toledo se enamoró de la variedad y belleza de sus edificios, llegando a sentir pasión por la arquitectura. A nada condujo la insistencia de su padre para que siguiese la tradición familiar y continuase con el negocio. Sus progenitores, viendo cual era la vocación de su hijo, le apoyaron para que llegase a ser  arquitecto, profesión en la que pronto destacó.