lunes, 9 de abril de 2012

NOVELA - EL MILAGRO DE PUERTO COLOMBIA 7ª ENTREGA




Las obras del Santuario avanzaban a ritmo pausado, adaptándose a la poca prisa que para casi todo ponían los porteños. Era curioso ver como aquellas gentes que se entregaban con autentico frenesí a cualquier acto festivo, sobre todo si de moverse al son de música se trataba, actuaban de forma tan indolente a la hora de llevar adelante cualquier trabajo.
Samuel, feliz en su relación con Yanira, tampoco ponía ningún reparo a que aquel proyecto se alargase en su ejecución. Atrás quedaban sus prisas por regresar a España y, aunque ya hacía casi un año que no veía a su familia, tampoco se planteaba hacerlo de forma inmediata.
En Toledo, Daniel y Teresa sentían cierta preocupación por la dilatada ausencia de su hijo. Cierto que éste les había informado de que su estancia en Puerto Colombia se iba a prolongar, como mínimo dos años, con las nuevas obras que le habían sido adjudicadas a su empresa. Samuel les explicó en qué consistía  el nuevo encargo y se extendió de forma tan minuciosa en los detalles que sus padres, prácticamente, podían ver ya la nueva iglesia de la que justo se acababan de poner los cimientos.
Aunque nada les había comentado su hijo, Teresa intuía que no era sólo trabajo lo que retenía a Samuel en tierras colombianas. Siempre, desde la primera vez que el joven arquitecto viajó al país caribeño, su madre tuvo el temor de que alguna mujer se cruzase en su vida y eso le retuviese lejos para siempre.
Sabía del carácter familiar del muchacho y de lo arraigado que se sentía a su ciudad. Las calles de Toledo estaban llenas de embrujo para él, en cada piedra podía entrever una historia que, en su imaginación desbocada, le contaban almas errantes. Estas almas pertenecían a gentes de la ciudad que, después de dejar este mundo, no encontraron mejor paraíso que seguir  rondando por aquellas empinadas cuestas y estrechos recovecos. En más de una ocasión cuando su hijo regresaba, Teresa lo acompañaba hasta uno de sus lugares favoritos, el Puente de Alcántara, y allí, mirando al Tajo, Samuel le decía que querría emular a aquel río, rodear la ciudad en un gran abrazo y no abandonarla nunca más. 
Las mujeres tienen un instinto natural para adivinar aquello más oculto, pero las madres lo han desarrollado de forma especial. Recordaba las palabras de su hijo junto al río y esto unido a que su ausencia se prolongaba más de lo habitual hizo pensar a Teresa que aquello que tanto temió había sucedido. Sin ninguna duda para ella, Samuel había conocido a una mujer que le retenía muy lejos y quizás le apartase de ella para siempre.

Se había consumido la primera semana de diciembre y ya faltaba poco para Navidad. Samuel siempre procuraba pasar esas fechas en España, pero este año se quedaría, con Yanira, en Puerto Colombia. Se secó el sudor que resbalaba por su frente y buscó la sombra de las palmeras en los jardines del puerto. Desde allí, contemplaba el ir y venir de los obreros que trabajaban en la explanación de la plaza del Santuario.
Los pensamientos le llevaron rápidamente a su ciudad. Seguramente en ella hacía mucho frío y quizás también estuviese nevando. Eso no importaría a los muchos turistas que habitualmente guardaban turno para visitar la Catedral o bien entrar en la iglesia de Santo Tomé para ver El Entierro del Conde Orgáz, la obra maestra del Greco.
Cerrando los ojos podía ver como las empedradas calles, resbaladizas con la nieve (estaba seguro de que había nevado) eran un ir y venir de gentes que entraba en los comercios para proveerse del popular mazapán toledano, quesos, hojaldres y otras viandas con las que disponer las mesas en los días de fiesta. Camino de la Sinagoga del Tránsito, construida bajo el mecenazgo de un judío que por el nombre, Samuel ha Levi, bien podía ser un antepasado suyo, unos aspirantes a Caballero Andante, émulos de Don Alonso Quijano, blandían sus aceros recién adquiridos, quizás ¿por qué no? en la tienda de sus padres.
Por un momento creyó sentir frio y hasta oír tañer las campanas, pero las voces de los trabajadores le despertaron de su sueño y el calor agobiante lo situó de nuevo en la que había de ser la plaza del Santuario.
Era la hora de comer por lo que    se encaminó hacia el apartamento que, desde su llegada a Colombia, tenía alquilado en la playa de Pradomar.
Hacía unos meses que Yanira, desoyendo la opinión de su padre, se había ido a vivir con él, aunque continuase trabajando en la empresa de su progenitor. Suponía que la joven le estaría esperando y ese día, por alguna extraña razón, ardía en deseos de verla. 
Efectivamente, la muchacha había llegado antes que él y le recibió más cariñosa que de costumbre. Se abrazó a su cuello besándole  apasionadamente, como si hubiesen estado mucho tiempo sin verse. Cuando Samuel pudo por fin separarse, después de haber respondido a sus besos, la miró entre satisfecho y perplejo por aquella bienvenida. Ignoraba a que era debida pero, cualquiera que fuese el motivo de la misma, pensó que tenía que valer la pena.

Se habían sentado en la terraza, Samuel con la vista fija en el mar y Yanira mirándole a él, esperando que dijese algo. La noticia de que iba a ser padre le impactó de tal manera que le fue imposible articular palabra alguna. La verdad es que por su cabeza no había pasado tal posibilidad y tampoco era algo que se hubiese hablado entre los dos.
Estaba loco por Yanira, vivía esa relación de una forma intensa, entregándose cada día como si se tratase del último, sin plantearse como sería o si habría un futuro en la misma.
En ese momento los recuerdos  de Toledo y su familia que poco antes le asaltaron en la plaza, volvían a hacerse presentes con más fuerza. Amaba a su compañera pero no sabía si quería o estaba preparado para ser padre. Pensó en su madre y cómo reaccionaría ésta cuando le  contase que la iba a hacer abuela. Conocía los planes que Teresa había hecho sobre él y la situación que se planteaba distaba mucho de los mismos.
Le sacó de su letargo la voz de la muchacha quien con lágrimas en los ojos le reprochó la poca ilusión con la que acogía su embarazo. Yanira le manifestó su intención de seguir adelante con el mismo, ya fuese con su ayuda o sin ella. Seguidamente entró en la casa y se dirigió al dormitorio donde empezó a meter sus cosas en una maleta con la intención de regresar a casa de su padre. Samuel, que había ido tras ella, le pidió perdón y le rogó que no se fuese. Intentó explicarle que su reacción se debía a lo inesperado de aquella noticia y se comprometió a compartir juntos aquel embarazo, añadiendo que se sentiría feliz al tener un hijo. Ella intuía que aquellas palabras no eran del todo sinceras pero estaba convencida de que él la quería y pensó que, cuando asimilase la idea, también estaría orgulloso de su futura paternidad.