viernes, 12 de octubre de 2012

LIBRO DE VIAJE POR LOS RECUERDOS 10ª ENTREGA DE MIS PAISAJES



De Carnoedo a la Coruña se puede ir por carreteras interiores o bordeando la costa. A mi, siempre que puedo ir sin prisas, me gusta no separarme del mar. El primer tramo de carretera atraviesa unos montes en el término de Veige y tiene acceso a varias calas en las que se puede disfrutar del mar en un privilegiado entorno.
Enseguida, pasado Veige, llegamos a Lorbé. Con el nombre de está aldea se comercializan todos los mejillones que se crían en las bateas de esa parte de la ría; desde el mismo Lorbé hasta las cercanías de Fontán. Éste apetitoso molusco se puede consumir, preparado en las más diversas recetas, en uno de los restaurantes de la localidad, el cual debe su fama, precisamente, al mejillón.

Mera saluda al mar con sus dos faros, construcciones sin ningún encanto, hechas para llevar a cabo la labor encomendada sin ninguna otra pretensión. Aun así, conviene llegarse hasta ellos y disfrutar del paisaje.

Vistas desde uno de los Faros de Mera con los toxos en primer plano




La zona que rodea a los faros tiene pequeños acantilados donde rompen las olas. Al final de la primavera y principio del verano las flores de los toxos (Los toxos son unos arbustos muy abundantes en Galicia. Su flor es utilizada para fabricar un licor de alta graduación y el tallo servía de lecho a los animales y descompuesto se usaba como abono en las tierras de labor), en todo su esplendor, tiñen aquellos campos de un amarillo intenso; si además tenemos la suerte de disfrutar de uno de esos días claros, en que el cielo está limpio de nubes y presta su azul a ese mar en que pasean los veleros, estaremos contemplando un cuadro que bien podrían haber pintado, pincel a pincel, Sorolla y Van Gog.
Casi tocando al mar, aproximadamente a unos cien metros del mismo, existe una laguna que no siempre tuvo la atención que merecía. Afortunadamente tampoco nadie opto, como ha ocurrido en otros lugares, por desecarla. Actualmente, adecentado su entorno, se ha convertido en una zona de ocio para los lugareños o los muchos foráneos que visitan Mera.

Majestuosos cisnes y algunos patos comparten el espacio para regocijo de grandes y pequeños.

Lagoa de Mera
Visité Mera en mi primer viaje a Galicia. Se celebraba la verbena de Santa Ana, la patrona, y la orquesta tocaba al lado de la capilla, junto al mar. No había pista de baile, como ahora, y se bailaba en el prado. Embelesado como estaba, con todo lo que iba descubriendo sobre aquel maravilloso país, aquella fiesta es uno de mis recuerdos favoritos.
Después de Mera, siguiendo la carretera de la costa, llegamos a Santa Cruz. Otro rincón lleno de encanto con su castillo construido en un islote a pocos metros de la costa. En él, según me han contado (confieso que no lo he verificado porque me parece bien la idea de que así fuese), vivió la insigne escritora gallega Doña Emilia Pardo  Bazán.

Castillo de Santa Cruz
El acceso a este castillo se realizaba, tradicionalmente en barca aunque, cuando la marea está en su punto más bajo, se puede llegar hasta él a pie. No hace mucho tiempo se construyó un puente que permite ir hasta el castillo sean cuales sean las condiciones de la mar. Se han eliminado, de paso, esas barreras naturales que impedían el acceso a personas con discapacidad.
Desde los jardines y murallas de esta fortaleza la vista de la ría es esplendida; proporciona toda la belleza y calma que un escritor puede necesitar para plasmar en los libros las más sugerentes historias. Quizás fuese, éste, el caso de Doña Emilia.
Dejando atrás Santa Cruz, bordeamos la extensa playa de Bastiagueiro. A ella acuden en masa los coruñeses para combatir los rigores veraniegos, bañándose en unas aguas que en algunos casos, por el oleaje y las corrientes, suelen resultar traicioneras para nadadores poco avezados.
Antes de enfilar el puente del Pasaje y entrar en La Coruña queda a la derecha Santa Cristina, una de las zonas de ocio del fin de semana coruñés. Su playa (foto que encabeza estas páginas dedicadas a Galicia), sembrada de pinos, más o menos extensa según el capricho de la marea, es una delicia para disfrutar del baño. Ya sea paseando o contemplada desde el tren o el automóvil esta imagen es un regalo para los ojos de quien la mira.

La Coruña, esa ciudad donde según su lema nadie es forastero, se ofrece al visitante llena de atractivos, pero no voy a hacer una descripción minuciosa de la misma. Eso se puede encontrar en cualquiera de las guías editadas con ese fin. Me limitaré por tanto a repasar alguno de los lugares que tienen más significado para mí.
El acceso, por las Avenidas del Pasaje y la del Ejército, nos lleva hasta el puerto de la ciudad. Barcos de todo tipo dan vida a este recinto, en el que podemos encontrar, desde la flota pesquera que faena en el Gran Sol cerca de las costas de Irlanda y la Gran Bretaña, a grandes buques de la marina mercante o los cruceros que llevan pasajeros de un lugar a otro del mundo. Los muelles de las embarcaciones recreativas y deportivas se sitúan a continuación.

Veleros en el Puerto de A Coruña
He paseado en muchas ocasiones por ese puerto pero si tengo que quedarme con unas imágenes, como referencia, lo haría con las de la descarga de los barcos pesqueros y la posterior subasta. Es un espectáculo ver la gran diversidad de pescados que salen de sus bodegas; los hay de todos los tamaños y aspectos, especies que yo no conocía pero que las personas que pujan en la subasta acaban llevándose a los mercados y restaurantes de la ciudad. Curiosa manera de comprar y vender que solo entienden los implicados en el negocio.
Paralelos al puerto, están ubicados los jardines de Méndez Núñez. Cualquier época del año es buena para pasear por ellos, pero es con el calor veraniego cuando más se agradece el frescor y la sombra de esa grande y variada arboleda.

Dña Emilia Pardo Bazán
También, en ese lugar, tiene un espacio Doña Emilia Pardo de Bazán con una estatua que le rinde merecido homenaje.
Siguiendo los jardines se llega a la Dársena de La Marina. A la izquierda las típicas balconadas acristaladas y a la derecha el principio del Paseo Marítimo, uno de los legados de Paco Vázquez, posiblemente el alcalde que más ha cambiado la fisonomía de la ciudad durante su mandato. Cambios que, mejorando sustancialmente lo que había, han sabido mantener viva la esencia de La Coruña.

Bahía de San Amaro
Estos cambios de los que hablaba se reflejan en toda su magnitud en zonas como San Amaro, en los aledaños de La Torre de Hércules, y en los terrenos que circundan el viejo faro romano.
Recuerdo mi primera visita a la Torre en el año 1975 y la diferencia, de entonces a ahora, es abismal. Su aspecto exterior parece otro, aunque sólo se le hayan hecho ligeros retoques, pero lo que realmente le da una nueva imagen es el campo que la rodea.

Desde el faro hasta San Amaro, en lo que era una zona totalmente degradada, se ha creado el parque de las esculturas que vienen a ser un testimonio de épocas pasadas.
En lo que amenazaba con convertirse en un basurero se han puesto bancos y limpiado y acondicionado el terreno. Ese entorno invita al paseo o a sentarse para contemplar las hermosas vistas. Por un lado el océano, por otro la Ría de La Coruña, más allá, en la boca de la Ría de Betánzos, La Marola (ese islote del que se dice que quien pasó La Marola pasó la mar toda), algo más lejos la entrada a la Ría de Ferrol. En fin, un paisaje que incita a soñar a los más despiertos y al que he dedicado una de mis poesías que transcribo a continuación:

Torre de Hercules

Torre de Hércules
viejo faro romano,
tumba de Gerión,
vigía frente al océano.
La rodean verdes prados
con margaritas y amapolas,
junto a ella, en los acantilados,     
llegan y rompen las olas.
Los barcos que van a puerto
saludan al pasar,
vienen de mar abierto,
cansados de navegar.
Las gaviotas desde el cielo
bajan hasta el mar,
incesantes en su vuelo
cansinas en su piar.
Niños que corretean
gritando con alegría,
gentes que sestean,
en los bancos, frente a la ría.
Jóvenes que se besan
con ardor inusitado.
Dos ancianas que los miran
diciendo si eso no será pecado.
Repartidas por los prados,
imágenes de piedra,
recuerdan el pasado
rememorando antiguas guerras.
Paisajes de primavera

de una ciudad que quiero,
A Coruña marinera,
donde nadie es forastero.

Castillo de San Antón
Atrás se nos ha quedado el Castillo de San Antón. Esta fortaleza fue construida para defender la entrada de la ciudad de los ataques ingleses. Con el tiempo se ha utilizado también de prisión y actualmente es la sede del Museo Arqueológico.
Es recomendable una visita a este castillo, para ver las piezas que alberga como museo, pero sobre todo para embelesarse con el paisaje. Desde sus almenas obtendremos una panorámica inigualable del puerto y las galerías de lo quellaman la Ciudad de Cristal, más a la derecha está el mirador del Jardín de San Carlos y por el otro lado alcanzaremos a ver Mera y sus faros que, junto con la Torre de Hércules, velan por la seguridad de las embarcaciones que surcan aquellas aguas.

Jardín de San Carlos
He hablado del Jardín de San Carlos y éste bien merece otra visita. En el centro del mismo se halla el sarcófago que contiene los restos del almirante inglés Sir Jon Moore, muerto tras ser herido por los franceses en la batalla de Elviña, durante la Guerra de la Independencia. En un extremo se encuentra un palacio que alberga el Museo de Historia de La Coruña. La tranquilidad que se respira en este rincón es un bálsamo para los espíritus acelerados. Ya sosegados podremos seguir explorando la ciudad.
Lo que llaman la ciudad vieja es un entramado de calles estrechas y plazas recogidas, llenas de encanto. Mi primer paseo por ellas fue, como a mí me gusta, en un día normal sin el agobio y bullicio propio de las fiestas. Disfrutar con calma del callejeo, contemplando esas hermosas fachadas de piedra, pequeñas joyas como las iglesias de Santa María y de Santiago, hacer un alto en la Plazuela de las Bárbaras donde está el convento de la santa que le da nombre, vivir ese paisaje, es algo que no tiene precio.

Plaza de María Pita y Palacio Municipal
Irse de La Coruña sin visitar La Plaza de María Pita y el Palacio Municipal es un error imperdonable.
Conviene rendir un pequeño homenaje, aunque sea desde el recuerdo, a la heroína de la ciudad. Valiente mujer, pescadera de profesión, que guió a los coruñeses en la defensa de la ciudad contra los ingleses.
Una vez presentados nuestros respetos a tan emblemática dama visitaremos el Ayuntamiento. Este edificio, una joya en sí mismo, alberga una importante colección de relojes. El mobiliario en general y el del despacho del alcalde, en particular, nos trasladan a un tiempo en que cualquier trabajo era un arte y el artesano dejaba su impronta en lo que hacía. Pero es el Salón de Plenos lo que deja boquiabierto al visitante; si los políticos alcanzasen, en sus debates, el nivel de los artesanos que allí trabajaron, serían capaces de aportar soluciones a la mayoría de los problemas que padecen los ciudadanos.
No es, sólo, lo que he relatado hasta ahora lo que hace grande a una ciudad como La Coruña y lo que despierta mi amor por ella. Las playas del Orzán, Riazor, el Parque de Santa Margarita, sus museos, la Calle Real, el Parque de Bens, etc. son otros lugares llenos de interés que harán las delicias de cualquiera.

He procurado describir los lugares que más sensaciones me despiertan guardando para el final el Parque de San Pedro de Visma.

Puesta de sol en elParque de San Pedro
Unas antiguas baterías de costa que se han transformado en un precioso lugar de ocio. Los enormes cañones, con sus bocas selladas, son ahora cañones para la paz, una paz que se siente de manera profunda al contemplar desde ese monte una puesta de sol. Emociona contemplar, en silencio, como el astro rey se sumerge, lenta pero inexorablemente, en las aguas del océano.

Betanzos, es uno de los lugares de Galicia en los que no me importaría vivir. De hecho estuve a punto de hacerlo; pedí en primer lugar esa residencia cuando ascendí a Jefe de Estación. Luego, por tejemanejes del concurso de ascenso, me diesen la plaza en Montmeló, provincia de Barcelona.
Siempre me ha gustado esa ciudad, habitualmente tranquila, cuya paz se altera de forma puntual los días 1 y 16 que es cuando se celebra el mercado. Esos días acuden gentes de toda la comarca, unos a vender, otros a comprar y muchos atraídos por la curiosidad que generan ese tipo de eventos.

Iglesia de Sta María del Azogue
Barcas preparadas para la Fiesta de Os Caneiros

Yo la definía como la ciudad de las iglesias, hay muchas para  el tamaño de la población, y algunas muy bonitas. En la construcción de todas ellas predomina la piedra, cosa habitual en Galicia. La de Santa María con su placita y cruceiro y la de San Francisco en la que se encuentra el sepulcro del conde Fernando Pérez de Andrade son mis favoritas.
Pero la antigua Brigantium es algo más que iglesias, es una ciudad en la que se concentra todo el comercio de la zona y a la que acudíamos con regularidad, a realizar compras, en mis primeras visitas a Galicia. Es también bella; dos ríos, el Mendo y el Mandeo, vierten en ella sus aguas dando origen a la Ría de Betánzos. Aguas arriba de este último se celebran las famosas fiestas de los Caneiros en las que barcas, engalanadas de flores y guirnaldas, repletas de gente, remontan el río para celebrar una curiosa romería.
Famoso es el Globo de Betánzos. En las Fiestas Patronales de San Roque se suelta cada año un globo de papel, dicen que el mayor que se fabrica en el mundo, que viaja por el cielo de la noche gallega hasta donde el viento quiere empujarlo. En alguna ocasión, cuentan, que ha llegado hasta Portugal.
Otro de los atractivos de la localidad es El Parque del Pasatiempo que debe su construcción a los hermanos García Naveira, nativos de la villa y sus principales benefactores. En el mismo se recrean lugares de todos los continentes que los dos hermanos tuvieron oportunidad de conocer en sus viajes.
Durante décadas, ese recinto, estuvo sumido en el ostracismo hasta que el consistorio decidió rehabilitarlo. En la actualidad, aunque siguen los trabajos de restauración, está abierto de forma regular a los visitantes.
Santiago de Compostela, capital espiritual de Galicia lo es también, política y administrativa, desde la llegada de la Autonomía.
La ciudad del Apóstol recibe diariamente la visita de peregrinos de todo el mundo. En algunas fechas, como en la festividad del Patrón o cuando se celebra el Año Santo, llegan de forma tan masiva que se hace imposible caminar con tranquilidad por sus calles. Nunca me han gustado las aglomeraciones y por eso, una vez visto ese ambiente, mis visitas se producen fuera de esos días tan señalados.

Vista de La Catedral desde los jardines de La Alameda
 Alguien me decía que lo que más le había sorprendido de Galicia es que, en un día, se pueden vivir las cuatro estaciones del año. La verdad es que son muchos los días en que el clima se manifiesta de esa forma y si así lo hace, mientras visitamos Santiago de Compostela, tendremos en una sola jornada la oportunidad de vivir la ciudad en toda su esencia. Porque lejos de la fama que le dan los más agoreros no siempre llueve y en julio o agosto aguantar el sol implacable, en la Plaza del Obradoiro o haciendo cola para entrar por la Puerta Santa, es toda una heroicidad.
Me gusta Santiago y a fuerza de ir muchas veces me siento allí como en casa. Disfruto paseando por la zona monumental, viendo escaparates o engullendo un trozo de empanada. No siempre visito al Santo pero él, estoy seguro, sabe que ando cerca y me lo agradece igual. Además, así le dejo tiempo para atender a los que no son tan habituales.
Al igual que con otros lugares, no voy a describir aquí los monumentos de esa entrañable ciudad. Pero si quiero hablar, desde la emoción que a mí me producen, de algunos rincones que recomiendo visitar:
Por supuesto la Catedral; disfrutar en silencio y sin agobios de la belleza del Pórtico de la Gloria; visitar al Santo, sin  prisas, y contarle, sin que nadie lo sepa, alguna de nuestras cuitas son cosas que conviene hacer.

Callejear por los alrededores, disfrutando de cada plaza y plazuela. Extasiarnos con la grandiosidad de la Plaza del Obradoiro y los edificios que se asoman a ella: Catedral, Palacio de Raxoi, Hostal de los Reyes Católicos, Pazo de Xelmirez; muy cerca, en la Plaza de la Inmaculada el Convento de San Martiño y al principio de la Rúa del Franco el Palacio de Fonseca. Siguiendo por esa calle llegaremos al Parque de La Alameda, un remanso de paz para solaz de cuerpo y mente. Desde ese lugar hay unas vistas de la Catedral que hacen las delicias de cualquier buen aficionado a la fotografía.

Vista del Hostal de los Reyes Católicos desde la escalinata de la Catedral.
Un recuerdo imborrable que tengo de la capital gallega fue una visita nocturna, en la vigilia del Apóstol. Recién estrenada la Autonomía pude escuchar, por primera vez para mi, como los miles y miles de gallegos que abarrotaban la Plaza del Obradoiro entonaban con entusiasmo el Himno Gallego. En una tierra donde el franquismo había menospreciado, de forma sistemática, sus signos de identidad esa manifestación de fervor galaico despertaba lo más
profundo de los sentimientos. 

Ría de Ferrol con la ciudad al fondo
Si vistamos Galicia con tiempo suficiente podremos llegarnos a otros lugares de su geografía que no nos dejaran indiferentes:
Ferrol, ciudad marinera donde las haya, con los castillos de La Palma y San Felipe custodiando la entrada a su puerto.
Muy cerca Doniños, lago, playa y dunas.
Siguiendo la escarpada costa otra laguna, la de Valdoviño, y preciosas rías como la de Cedeira, Ortigueira, Viveiro y, hasta llegar a Ribadeo, el maravilloso paisaje de la Mariña lucense con un grandioso colofón como La Playa de las Catedrales.
Desde Malpica a Muros nos espera la llamada Costa de la Muerte, trágica y hermosa, con poblaciones como Laxe o Camariñas (famosa por sus encajes). También están en este itinerario el Faro de Fisterra, durante mucho tiempo el fin del mundo conocido como su nombre indica, y lugares de peregrinación como el Santuario de la Virgen de la Barca en la localidad de Muxía.

A partir de Noya la costa se suaviza dando origen a las denominadas Rias Bajas. Clima más benigno y paisajes de inconmensurable belleza. 

Playa de Samil en Vigo
Vigo con la playa de Samil, Parque de Castrelos y la Virgen de la Guía.
Pontevedra, con el Museo, su Casco Antiguo y su Virgen Peregrina.

Lugo, con sus Murallas, el Parque de Rosalía y el Miño que pasa acariciando la ciudad.

Lugo, Muralla y Catedral
Orense, con su Puente Romano, la Catedral y las fuentes termales de Las Burgas.
Eso y mil rincones más. Podría seguir llenando páginas y más páginas, hablando de Galicia, pero eso sería salirme de las pautas que me marqué cuando empecé a escribir este libro.

Me ciño por ello a lo que me es más cercano, física y emocionalmente. Galicia, en su conjunto, es el más hermoso de los paisajes y poder vivirlo, la más bella de las emociones: 

GALICIA

Se acelera mí corazón,
te siento como una caricia
rebosante de ilusión,
me acerco a ti: Galicia.
Esa tierra tan bella,
con sus montes, valles y rías;
es como una doncella,
es toda ella, poesía.
A Coruña: Plaza de María Pita;
Torre de Hércules, faro marinero.
Aunque estés de visita,
en esa ciudad, nunca serás forastero.
Dársena de la Marina,
Ciudad de Cristal,
más allá, Santa Cristina;
Jardines de Méndez Núñez y la calle Real.
Un recuerdo a lo más cercano,
Lorbé, Oleiros y Mera.
Aunque quedan más a mano,
Carnoedo y La Pedreira.
Cantan los de Milladoiro
a Santiago y a su Catedral,
en la Plaza del Obradoiro,
conjunto monumental.
En Lugo y sus murallas,
ciudad que el Miño baña,
pelearon en mil batallas
celtas, romanos y “María Castaña”.
Pontevedra en otra esquina
nos llama la atención.
Allí a La Virgen Peregrina
la quieren con devoción.
En Vigo está Samíl y su playa.
y para ver la esplendida Ría
nada mejor que subir la atalaya
que nos brinda la Virgen de Guía.
Orense y su Puente Romano,
La Catedral y sus arrabales
y, muy cerca, muy a mano,
Las Burgas, fuentes termales.
Galicia, campesina y marinera,
a tus pueblos y a tus gentes,
por muy lejos que estuviera
siempre los tendría presentes.

Nota:
María la Castañeira, fue una heroína lucense que se
enfrentó al poder eclesiástico en el siglo XIV. El
pueblo ha conservado su memoria haciendo habitual

la frase: “En los tiempos de Mari Castaña…”